El valle de los poetas

El valle de los poetas

Septiembre 14, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Nacer en Cali ya es suficiente heroísmo, pero hacerse poeta de la ciudad es hazaña que merece condecoración. Porque si nadie encuentra puesto en este paraíso donde el diablo tiene su nido señalado por Sebastián de Belalcázar, menos lo va a encontrar el que no sabe hacer nada sino cantar. Sin orquesta que lo acompañe, porque su voz es tan discorde y tan ininteligible su letra que cualquier instrumento que las acompañe, disuena. Así truenen las bombas, el poeta apunta su mirar a lo que va discurriendo y no es culpa de él si no son estimulantes sus apuntaciones. De vieja data se conoce que no hay mejor conjuro que despachar al portador de malas noticias. Si no siempre con el garrote, por lo menos dándole trago para que se duerma y no joda.Cuando llegaba el momento de ubicar el espíritu y alguien determinaba convertirse en poeta, hombre o mujer o gay o lesbiana o bisexual o transgénere, era mirado por sus compañeros con una admiración lastimosa, pues podía ser que se agenciara un lugar en la memoria del terruño con su croar persistente, pero a costa de una vida signada de fracasos. Me estoy refiriendo al concepto de poeta como marginal, enemigo de la manada, que pusimos tan de moda en los años 60, aunque de antaño ya venía ataviado con su terno maldito de lana de oveja negra. El poeta era el aguafiestas, el que se negaba a meter su hombro en la noria, y por eso la sociedad le pagaba con peniques de indiferencia. Reconocer la apoteosis de la vagancia por las vegas de la irresponsabilidad, que es el oficio de poeta, es lo que se hará el 15 de septiembre a las 7:00 p.m. en el Teatro Rojo de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero, que dirige Juliana Garcés Saroli, con 15 aedas insobornables: Héctor Fabio Varela, Marco Fidel Chávez, Fernando Cruz Kronfly, Javier Tafur, Orietta Lozano, Amparo Romero, Gloria Cepeda, Álvaro Burgos, Medardo Arias, Elmo Valencia, Mary Grueso, Antonio Zibara, José Zuleta, una poeta norteamericana que raya en la vallecaucanidad, Águeda Pizarro, y este hijo de mi papá. Debo aclarar que la mayor parte de los citados no pertenece a la lírica de la agresión indigente, ilustrada por el monstruoso Gómez Jattin a las mil maravillas, sino que son rapsodas serios, profesores universitarios, periodistas en ejercicio, amas de casa con servidumbre y jubilados jocundos, conocedores del oficio, curtidos en honores, que prácticamente no requieren de la presea, que según las malas lenguas consiste de una placa de reconocimiento y un cheque al portador no sé de qué monto, pero que en todo caso no corresponde a la plata de los impuestos de los poetas que no clasificaron y de los enemigos del género lírico, como ya se oye venir la crítica. Es de esperar que este generoso acto se repita cada año, con los mismos poetas, apenas reemplazados los que vayan dejando de facturar. Me hicieron falta en el registro Horacio Benavides, que es caucano, como Marco Fidel; el caleño Armando Romero, que reside en EE.UU.; Julián Malatesta, que es nariñense; Laureano Alba, que es boyacence; Aníbal Arias, que es nariñense; Maruja Vieira, que es caldense; Jan Arb, que lamentablemente es mi hermano y la bella Ana Milena Puerta. Todas estas carencias quedan compensadas con la exclusión de ‘el innombrable’, enemigo del género, y de Raúl Henao, que en buena hora se lo regalamos a Medellín. A la Biblioteca, y a los lectores caleños, muchas gracias. Y que mañana se dejen ver las fans, para celebrarlo.

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