El tren bala

Julio 10, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Me monté en la poesía como en un bus destartalado que recorría los barrios caleños, donde me dedicaba a perorar reclamos líricos, reclamando a las autoridades por los deficientes servicios públicos, a denunciar asesinatos de líderes populares y a conquistar mozas incautas con promesas melifluas para satisfacer mi sensualidad, por entonces todavía imberbe. Apenas iba por Manuel Acuña, pero ya raspaba a Neruda y a Whitman. En esas llegó a mi ciudad procedente de Medellín el profeta Gonzalo Arango, “a pervertir a la juventud” como él mismo lo confesaba, y me montó en el tren bala de la poesía nadaísta que a través de los años me ha terminado conduciendo a las relaciones más bellas, las tribunas más altas donde se ha oído con más amplificación mi reclamo insistente contra las injusticias rampantes, me ha acordado singulares y efectivos reconocimientos y me ha puesto en 30 países repitiendo mis primeros poemas nadaístas desde las ventanas. Y creo que en el mismo tren voy llegando al cielo, así a pesar de mi actual cercanía confesa con Jesucristo preferiría que fuera el cielo mahometano pleno de huríes para continuar la pachanga y no el suyo superpoblado de ángeles virtuosos con las alas plegadas. De los que debo confesar que su música si me gusta, por los pocos atisbos a que se me ha dado acceso. El tren bala de la poesía nadaísta iba lleno de jóvenes que apenas empezaban a encañonar, de todas las regiones de Colombia en especial de los grupos de Medellín y Cali que eran legión. Entre los de Cali nos contábamos Jaime Jaramillo Escobar, Elmo Valencia, Alfredo Sánchez, Pedro Alcántara, Diego León Girado, Augusto Hoyos, ‘el nadaísta de Cartago’ Alberto Rodríguez y el que suscribe, cada uno empeñado a su modo en su lírico trabajar.

Si Gonzalo Arango nos conminó a meternos de lleno en la poesía nueva fue Amílkar U quien nos indicó cómo, a partir de su Plegaria nuclear de un coca-colo. Mi poema Después de la guerra fue un sueño y desde que lo escribí siguió siendo el sueño de que algún día en el país alcanzaríamos la paz. Me lo mostró Morfeo en un libro parecido a ése de donde me contaba Jaime Jaramillo Escobar que extraía las oraciones que componen sus Poemas de la Ofensa. Me levanté de inmediato y lo plasmé sobre mi libreta de racionamiento sin corregirle una tilde. Corría, para que no lo mataran, el año de 1964, el mismo en que las Farc se alzaban hasta los dientes contra un Establecimiento al que durante los 6 años anteriores nuestra insurgencia como terroristas verbales lo iba dejando mueco. Cincuenta y tres años después las Farc suben al tren de la paz dejando sus armas, y los nadaístas, a través del gestor de esa paz y nuestro discípulo como el mismo Humberto de la Calle se cataloga, vamos tomando estatus de salvadores.

A los 59 años de su fundación todavía nadie sabe, ni sus supervivientes, lo que fue, es o podrá llegar a convertirse el nadaísmo. Nunca definimos el movimiento ni como término ni como posición filosófica y ello nos permitió sobrevivir cuando la realidad decretó la muerte de las ideologías. En cambio esa izquierda que nos conminaba “¡Defínanse!”, fue pasando a la historia con mala nota. La influencia zen o la falta de inspiración o la indiferencia para definirlo en estilo de enciclopedia nos permitirá convertirnos en una sociedad secreta, esotérica o exotérica, en una tendencia sexual inédita, en una agencia de viajes lisérgicos o, a lo peor, en un partido político. Si hasta las Farc lo lograron. Y qué tal si llegamos al mismo tiempo, ellos al Congreso, y nosotros al Palacio de Nariño. Ya lo había profetizado el obrero en el Bar de Efraín en 1967, como consta en el Número 1 de la revista Nadaísmo 70: “Tal como van las cosas, un día el presidente de Colombia será nadaísta”. La patafísica supera la realidad.

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