El Señor de los Libros

El Señor de los Libros

Febrero 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Tengo una biblioteca que ya no cabe en la casa, cada cuarto tiene la suya, los libros atiborran la despensa y el cuarto de la mucama, y estantes ocupan el hall del piso, con clásicos leídos y subrayados. De vez en cuando noto un hueco, producto de la debilidad de algún visitante, y rápidamente lo subsano acudiendo a mi librero de viejo. Conservo volúmenes adquiridos entre los trece y los veinte años, Los miserables, El Conde de Montecristo, Nana, cuando la fiebre de leer se apoderó de mis ojos. Creo que desde entonces todos los días de mi vida compré por lo menos un libro, aparte de que de los viajes a encuentros nacionales e internacionales vengo cargado de tomos debidamente dedicados. Y cuando llega la hora de hacer purgas, a sugerencias de la señora, luego de una intensa jornada que dura días, en los que examino libro por libro, diciéndome este tal vez lo voy a necesitar cuando emprenda la biografía de Colón; este debo conservarlo porque me lo regaló con una dedicatoria cariñosa tal persona que terminó secuestrada; éste tampoco porque el autor murió loco. Total, que termino escogiendo cinco o seis repetidos, que llevo a mi librero de viejo y cambio por uno o dos. Este amor por los libros, que nunca me ha fallado ni yo a él, pienso llevarlo a la sepultura, pues ya he dejado con mi notario la lista de los tomos que quiero sean enterrados conmigo, no más de cinco, como no fueron más de cinco mis notorios amores de carne. No me quitan el sueño las amenazas del E-book contra el libro impreso en papel, que considero uno de los mayores aportes de ingenio humano a la dimensión del conocimiento. Pero me pongo iracundo cuando veo a alguien tratar mal a un libro, como cuando hace 45 años Matraca lanzó contra las baldosas y remató a patadas Providencia de Gonzalo Arango. Por eso me ha emocionado el caso de José Alberto Gutiérrez, que registra la prensa nacional, conductor de un compactador de basuras del relleno sanitario de Doña Juana. Es como para hacerle un busto y colocarlo al lado del de Gutenberg, en la calle Lugeck de Viena. Desde hace 15 años este personaje comenzó a descubrir que entre los bultos que debía compactar venían cantidades de libros que los lectores iban desechando después de leerlos, recopilaciones históricas, análisis políticos, novelas negras, folletines románticos, tomos del boom, enciclopedias enteras. En principio pensó que sus hijos podían necesitarlos y empezó a recogerlos, limpiarlos y ordenarlos sobre las mesas y en los rincones. Así ha llegado a recopilar 12 mil volúmenes. Multiplicando el tiempo de su trabajo, pues en vez de compactar de una vez los sacos, se detiene a examinar uno por uno su contenido en busca de libros. Imagino que como premio por esta consagración libresca se le hayan aparecido anillos de brillantes o brazaletes, que compensen la comprensión de su esposa de convertir su pequeña casa en el barrio La Nueva Gloria en San Cristóbal en una sucursal de la biblioteca de Alejandría. Que alguien tenga los huevos de tirar a la basura los libros que va leyendo no me cabe en la cabeza, y no sólo por su precio físico, sino porque son entidades vivas que merecen tanto cariño como las mascotas y los objetos preciosos. Pero es digno de exaltación que alguien como José Alberto se convierta en reciclador de sabiduría, y que ello lo haya llevado a conformar la fundación La Fuerza de las Palabras, “que pretende formar lectores con los textos que casi se pierden en la basura”, para lo cual está recibiendo donaciones en más libros y espero que en efectivo. Para llevar paquetes enteros de libros recuperados a convertirlos en bibliotecas de barrios, como la entrega de 3000 volúmenes que acaba de hacer a 300 niños de Soacha, que lo vieron llegar como un Santa Claus de sabiduría encuadernada. Por mi madre que hasta una lagrimita se me escurrió

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