El profeta en su casa (2)

Marzo 31, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Nuestros versos al principio eran inconexos e incomprensibles, para contribuir a la confusión general, dadaísmos y borborigmos. El poeta sacerdote Ernesto Cardenal, desde su monasterio de vocaciones tardías en La Ceja, Antioquia, me notificó que debía continuar con el aliento del poema El profeta en su casa, y que a todo lo demás, abstraccionismos y tonterías, podía pegarle fuego. De poemas absurdos devinimos en poemas sociales despolitizados. Poesía urbana, conversacional, periodística si se quiere. No hicimos la revolución con nuestros poemas pero revolucionamos la poesía. “Ya tengo mi silla de ruedas, y ya tengo mi gangrena” (Darío Lemos) “El amor no es efímero. Es efímero el tiempo” (Amílcar Osorio). “Tengo un aguijón para todo lo que amor” (Eduardo Escobar). “Comeré frutas del monte. Pero no me venderé. Y su vienen a buscarme al monte, les tiraré con las pepas” (Jaime Jaramillo Escobar). “Yo era poeta y me gustaba cantar. Nunca hice nada más útil ni nada más inútil sobre la tierra. Sólo cantar” (Gonzalo Arango). Después de nuestros cantos nadie en nuestro país volvió a cantar como se cantaba. Y de lo que se trataba era precisamente de eso. Vistas así las cosas, todos los buenos poetas colombianos posteriores a nosotros podrán considerarse émulos nadaístas, con la posible excepción de Giovanny Quessep. Se piensa que los nadaístas fuimos sólo los 12 o 13 que firmamos los manifiestos y estampamos en los muros nuestros poemas. Pero fuimos legión y los hubo hasta en los pueblos más apartados, por lo menos a donde llegaba la radio. En algunos lugares el nadaísta era el inerme insurrecto, que se alzaba contra la ley y los privilegios. En otros era el excéntrico, el fumador de pipas alucinantes, el que impávido alargaba los brazos para que sus compañeros de farra apagaran en ellos la brasa de sus cigarros. En otro la que en cada fiesta se tasajeaba las venas. En otro el loco del pueblo que se creía Don Quijote. En otros el delincuente extraordinario, el que se alzaba con el santo y con la limosna. En casi ninguno el santo, pues en un principio estábamos contra lo sacro, lo sagrado y lo consagrado, pero todos nos fuimos contra el Establecimiento en pleno, con resultados poco menos que lamentables. Cambiaron los individuos y las costumbres. Tomaron vuelo los versos libres y el amor libre. Pero la corrupción siguió tan campante. Nunca tantos lucharon por tan poco y tampoco era para tanto.“Lleno está de méritos el hombre. Mas no por ellos, sino por la poesía, hace de esta tierra su morada”, nos sopló a tiempo Hölderlin y a ello nos aplicamos. Con poemas y con el gesto poético que mantiene vigentes hasta a los que hoy reposan tumbados. “Mi poesía es mi vida -planteó Dariolemos-. Lo demás son papelitos”. Con seguridad que ya no escribimos como empezamos, porque si el mundo no cambió mucho, mucho si cambiamos nosotros. Sin perder con el pelo ni un pelo del humor y la irreverencia.“¿Hasta dónde llegaremos?”, se preguntaba el profeta en su primer manifiesto. Y se respondía: “El fin no importa desde el punto de vista de la lucha. Porque no llegar es también el cumplimiento de un Destino.” Y, pasado más de medio siglo de la irrupción nadaísta y del triunfo de la revolución que convirtió a la isla en primer territorio libre del cosmos, llegamos a Cuba con nuestros primeros poemas, para ser publicados en la Colección Sur que dirige el poeta Alex Pausides, mientras que un nadaísta confeso, Humberto De la Calle Lombana, sorteando toda clase de zancadillas y torpedos del guerrerismo, maneja con toda habilidad y destreza la mesa de paz en La Habana, a fin de poner fin a la guerra con la guerrilla. Era lo único que no estaba previsto: que Colombia le terminara debiendo la paz a un nadaísta. Y, desde luego, al país del caimán barbudo.¿Y qué tal donde ese nadaísta nos resultara el próximo presidente?

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