El profeta en su casa (1)

El profeta en su casa (1)

Marzo 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

(Prólogo a la edición que aparecerá en Cuba, publicada por Álex Pausides en Colección Sur, 50 años después de la aparición en Colombia de la primera edición de este libro, por Ediciones Triángulo, de Medellín).La poesía es una apuesta contra el tiempo que la resiste. La historia que escriben con tinta en sangre los vencedores pasa tan pronto como caen, pero queda la poesía. Quién se va a enfrascar ahora en las 13 fases del plan quinquenal soviético. Pero ahí están, a la orden del día, los vibrantes poemas de Vladimir Maiacovski, que cantaba por parejo a la revolución y a su amada, complaciente y castigadora: “He blasfemado. / Grité que Dios no existe / y, en respuesta, él extrajo del fondo del infierno / una mujer que haría temblar las montañas / y me ha ordenado: “Amala”. Media una diferencia entre el poeta que se levanta y el que se apresta a acostarse. Se comienza cantando con discordantes acordes. Se prosigue templando el tono y buscando nuevas motivaciones a la tonada. Cincuenta años han corrido desde que empecé a pretenderme heredero de los goliardos con este libro, apadrinado por “el profeta” que vino a reclutarme para marchar contra la ignominia. “En 1964 había un hombre / que se llamaba Jotamario y usaba sombrero de copa. / Las gentes le decían: Señor Jotamario, ¿qué hace usted con ese sombrero de copa”. Y él les decía: Señoras gentes, ¿qué hacen ustedes con esa pregunta?” Era el año en que Mijail Kalatozov rodaba Soy Cuba. Recién se alzaba el nadaísmo en tierras negadas a la vanguardia. Una pandilla de poetas de las provincias, jóvenes a morir y con pinta de proletarios excéntricos, declaraba cesante la dependencia del corazón de Jesús, del gobierno del Frente Nacional y de la academia lingüística. Cuba le daba en la cabeza a Goliat, tras la gesta de los apóstoles del Gramma, y esa hazaña encendía en nosotros la esperanza en el hombre nuevo, del que aspirábamos a portar la camisa. Usa se tuvo que llevar el burdel de Miami para Miami. Y en la isla, no sólo se gestó y se buscó exportar la revolución, sino que desde la Casa de las Américas se estimuló la irrupción de esa camada literaria que deslumbró al mundo llamada Boom. No faltaría el insidioso liberalizante que tratara de torpedear esos amoríos. Menos mal que resistió Gabo, y hasta Cortázar. Se dice que en nuestro caso fue más el ruido que las nueces y la furia. El mundo, y ni siquiera el país que nos habitaba, se iba a dejar cambiar así como así por la cháchara apocalíptica de unos mozalbetes chisgarabises, así nos etiquetáramos como arcángeles vengadores. Se hizo el tránsito de la expectativa al incumplimiento. Nuestro profeta nos atizaba para el reclamo, haciéndonos sentir mensajeros de lo absoluto. Unos modestos ególatras en nada comparables a Maiacovski, quien con poemas de vanguardia remolcó el tren de la revolución bolchevique, y de esa revolución lo que queda son sus poemas. “Somos geniales, locos y peligrosos”, así acuñó Gonzalo Arango la frase que iba a franquearnos las puertas del futuro, y lo que hizo fue abrirnos las de las cárceles por delitos de poca monta, como fumar marihuana en parques y hacer el amor en cementerios, y apenas si alguna vez por conspiradores. Nos hicimos antisociales mientras llegaba el socialismo. Pero ni los comunistas criollos nos dejaban pasar, ni para hablar del ocio en el sindicato ni para viajar a Cuba -con excepción del pintor Alcántara y del poeta monje Elmo Valencia-, pues veían consternados que cada vez que en recintos públicos insultábamos ferozmente y en la cara a la burguesía, ésta nos invitaba a unos whiskies y nos publicaba el ludibrio. No valoraban que, para acentuar más la burla, les dejábamos vomitada la alfombra persa.

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