El pobre de Poe

El pobre de Poe

Marzo 25, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Pensando en los Estados Unidos y no solamente en sus hamburguesas, bueno es también recordar que su primer poeta y prosista fue nuestro querido Edgar Poe, por encima de Whitman y Henry James. Un desventurado en todos sus pasos, pobre de solemnidad a pesar de que trabajó como un loco, aguantó hambre y privaciones hasta ver morir a su púber desposada envuelta en su gabán en un lecho mísero, circunstancia que le inspiró, desde sus relatos crispantes hasta el hoy glorioso poema Annabel Lee: “los ángeles que no eran tan felices en el cielo / nos tenían envidia”. Al ligarse con su prima, ella tenía 13 años y él 27. Y su tía y suegra, señora Clemm, “tuvo que acudir a la caridad pública para no morir de hambre los tres”. Por eso resulta desconsiderado que Henry Miller, refiriéndose quejoso a su propia suerte, exprese que “el mejor escritor de un país en toda su historia tuvo que mendigar su pan de puerta en puerta”. En este caso habría que reconocer por comparación que Henry era un flojo, enarbolando el sexo como herramienta, lo que tiene poca presentación en las oficinas. Mientras que Édgar era todo un batiburrillo de ideas -que se fueron volviendo sórdidas para esplendor de la literatura-, y una copa empinada para conjurar sus tragedias. Al morir sus padres lo adoptó la señora del señor Allan, pero éste supo mantenerlo a raya. Menos mal que ese apellido impostado pasa por nombre, para que la inmortalidad sea toda de Poe. En la universidad de Charlotesville fue sujeto de burlas de sus compañeros por no tener con qué pagar sus deudas de juego. Con la primera copa que tomaba se volvía fascinante con sus oyentes pero con la segunda se hundía en la borrachera más espantosa. “Mis enemigos atribuyen mi locura a la bebida y no la bebida a la locura”. Está en la calle. Se decide a ser escritor. Ejerce un periodismo mal remunerado, donde se destaca más por su crítica ácida que por sus maravillosos relatos. Sus primeros poemas fracasan e ingresa al cuento, en cuyos temas hace catarsis su angustia. Se disculpa con un favorecedor que lo invita a cenar “por el mal estado de sus ropas”. Vuelve a ponerse de presente el tema de si el gran escritor debe comer de lo que sabemos para hacer triunfar su estilo, o si bien puede sentarse a manteles con los múltiples tenedores de Marcel Proust. En Colombia el ejemplo viviente del sacrificio alimentario, bien traducido en uno de sus personajes, fue nuestro bien ponderado Gabo, pero no puede decirse que haya rebajado la calidad de su prosa desde que prueba manjares. Nuestro poeta insignia de hoy es Raúl Gómez Jattin, todo un varón de carencias, quien terminó por tragarse su propias muelas. Pero igualmente fue digno de toda ponderación el poeta Álvaro Mutis, gourmet y sibarita del bloody mary, quien entró en conflictos con la ley por financiar un homenaje a Brillat Savarin. Los escritores de moda, tanto internacionales como raizales, son por lo general bien comidos y bien bebidos. El hecho es que el obre de Poe ha cumplido doscientos cinco años de su nacimiento, y nos ha legado poemas de musicalidad tan irresistible, que nuestro poema bandera, como es el Nocturno de Silva, es casi una paráfrasis musical de El cuervo; pero además el terror, aun para Colombia, con sus criaturas torturadas, asesinadas, apestadas, enterradas vivas.Estoy convencido de que Poe empezó a terminar de morir en el bar de Baltimore, atacado por todos esos personajes terroríficos que creó, y que en el delirium tremens le carcomieron ese potente cerebro rabiosamente trabajado por el sufrimiento. “Oh alucinado Poe que el alcohol destripa”, le cantó Leo.

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