El pétalo de una rosa

El pétalo de una rosa

Marzo 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Se ha vuelto a poner de moda, con motivo de la exposición en el Museo de Arte Religioso referida al maltrato femenino, aquella prevención de que “A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa”, que es con lo que solemos tocarlas, y ahí perdonarán la metáfora. Fue esta una frase equívoca afortunada de un florista del renacimiento español, preocupado de que sus preciosas rosáceas no terminaran desfloripadas. El dichoso dicho continuó inculcándose en las escuelas y para algo ha servido. Porque pobres de las mujeres en lo que han tenido que afrontar del comportamiento del macho, desde las cavernas cuando de un porrazo las conquistaban, en la época de las cruzadas al quedar impedidas de cruzar las piernas por los cinturones de castidad que les imponían sus maridos; en plena inquisición cuando las quemaban por brujas entregadas a Satanás; y en calendas modernas por la influencia del cine mexicano, que impulsaba a que los amantes se ejercitaran más con las extremidades superiores que con la mejor parte del tronco.Finalmente las mujeres se unieron para defenderse: no sólo para no dejarse pegar, sino para ser más capaces, fuertes y “las más grandes”. Las brigadas feministas se han impuesto en todos los frentes. Menos en los países islámicos donde continúan doblegadas, por lo que solía lamentarse Orianna Fallacci. Las emancipadas occidentales, ahora, en cambio, reciben como castigo las presidencias de sus países. Porque sólo Alá es el más grande. Un inolvidable personaje de los años 60, que brillaba con sus puños de oro en el cuadrilátero, Cassius Clay, se convirtió en predicador del Islam y confrontador de la guerra del Vietnam bajo el nombre de Mohamed Ali. Nunca tocó a su esposa más allá de lo consabido, como otros pugilistas famosos. Alí se hacía llamar “el más grande”. Pero Alá es el más grande. Terminó con el mal de Parkinson.Hace un tiempo se dio parte de un programa en un canal de televisión de Kuwaitt, donde un clérigo saudí, el doctor Muhammad Al-‘Arifi, impartía consejos a unos jóvenes acerca de cómo tratar a sus féminas. Les explicaba lo que debían hacer con ellas si se presentaban problemas: “Amonéstenlas, una, dos, tres, hasta diez veces. Si esto no funciona, rehúsense a compartir la cama con ellas. Si esto tampoco funciona, péguenles”. Aconsejaba, y con una clemencia que se le abona, no golpear la cara, sino sólo sitios donde no queden visibles marcas. Que para muchos cristianos son más preciosos que la cara. Lo que no sabe el mundo es que esa enseñanza no es del caletre del nuevo Mahoma, pues está consignada en mi ejemplar subrayado de Al Corán, que cargo desde 1960, cuando quise volverme mahometano. La azora 4, 38-34, de Consejos a los creyentes, reza: “A aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, confinadlas en sus habitaciones, golpeadlas”. Y el Corán es el Libro del Cielo, la revelación de Alá a Mahoma a través del ángel Gabriel. La sentencia no es tan condescendiente como la del profesor Al-‘Arifi. Ya las feministas triunfaron en Occidente, en lo que según dijo Buffalino constituye el único caso de rebelión en la historia de los amos contra sus esclavos. Si no quieren que sus amorosos prospectos occidentales se aferren al Islam para contar con la bendición del Magnánimo en ese tratamiento desconsiderado que perdura y copa las páginas de la prensa, pidan, por lo menos, que el Corán sea retirado de bibliotecas y librerías. O que, con la autorización del ángel Gabriel, se suprima esa azora tan permisiva.Entretanto, asistan a la exposición, promovida por Alejandra Borrero, que con toda razón se preocupa por las mujeres.

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