El paso del tiempo

Marzo 29, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Sentado sin hacer nada frente a la página en blanco y el cielo igualmente blanco como presagio de lluvia -ya la palabra presagio es una especulación sobre que existe un tiempo que viene-, voy a emplear el tiempo -si es que al tiempo le interesa emplearse-, en una reflexión sobre el tiempo antes de que el tiempo se acabe.El dios Cronos nos dio los presentes del pasado y el futuro, y contando lo presente que ya estaba ahí, en esos tiempos hemos vivido, vivimos y viviremos. Para muchos el pasado es la verdadera vida, porque ya no la cambia nadie y de él se conservan los recuerdos, que representan el álbum de la existencia. Viven de la nostalgia, con tanta vehemencia que han llegado a pensar que la nostalgia es aquello que nos queda del paraíso. Para otros sólo el presente es válido, porque es el momento cuando nos pellizcamos, cuando cantamos en la ducha, recordamos los sueños que son otro tiempo que no cuenta temporalmente, o aplaudimos en el teatro. Cuando acariciamos unas piernas amadas o firmamos la escritura de nuestra casa. Piensan ellos que lo que pasó pasó y lo que va a pasar no ha pasado. O sea que lo que no es presente es cuento viejo o imprecisable expectativa. Pero para muchos la única vida posible es el futuro, donde tal vez se realicen sus esperanzas o se activen sus temores. Otros van más allá, hacia la futura vida ultraterrena, donde con seguridad que van a reposar, en el seno de una divinidad sin cronómetro, una eternidad sin problemas. Los sueños son otro tiempo diferente del pasado, el presente y el futuro. Allí los tiempos se juntan en una surrealidad que nos es gozosa. Borges, en una de esas hipótesis asombrosas, nos dice que no es el pasado el que pasa por el presente empujándonos al futuro, sino que es el futuro el que viene a nosotros, de retro, tragando presente. Y que es el único tiempo existente porque el presente es inasible, o sea que mientras uno pronuncia la palabra presente ya saltó al futuro. Para cuántas personas el tiempo no pasa, y siguen viviendo como niños ya avanzados en su madurez. Porque la prueba contundente de que el tiempo pasa es que envejecemos, ay, con todas sus terribles secuelas. Yo vivo los tres tiempos al tiempo, y estoy tan lleno de bellos recuerdos como vivencias insólitas como de esperanzas de vida. No mido el tiempo por los minutos que pasan sino por los besos de amor y las copas de vino y los libros de cabecera. Y disfruto la fugacidad del presente que me da la oportunidad de reflexionar y escribir sobre ello por si le interesa al futuro. Si hemos de posar de filósofos temporales, digamos que el tiempo no pasa, que el que pasa es uno, a través del tiempo. Leí en alguna parte que uno vive al mismo tiempo todos los días de su vida, que hoy que tiene 70 también está viviendo los 7, y los 77 si llegan, aunque por una convención misteriosa la aguja sólo esté marcando un presente convencional para darle un sentido de progresión a la vida. Y por ello la memoria no es sólo el recuerdo sino otra estación del tiempo viviéndose. El romance de Romeo y Julieta se vive todos los días, como las escenas de ‘Lo que el viento se llevó’, como el día de su bautizo y el mío. Llegará el tiempo en que por Internet nos llegue el periódico con las noticias de pasado mañana. Y así tendremos la oportunidad de burlar al destino, no tomando el avión que se ha de estrellar contra el cerro. Ni compartiendo la velada con la persona que te ha de propinar la puñalada trapera. Es hora de salir a la calle a rebuscar para los gastos del día. Porque con esta disgresión a duras penas me gané la mitad. Qué va a saber el reloj en qué horas anda uno, decía mi amigo Cachifo. Espero no haberle hecho perder a usted un tiempo precioso, sin haberle hecho pasar unos minutos todavía más preciosos.

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