El paseo millonario 2

Septiembre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

“Qué vaina Jotamario, conciliaba el ladrón correcto, tener que hacerte esto, pero la culpa es de la situación del país. Estamos sin trabajo y sin cinco y nosotros también tenemos familia como la tuya.” Finalmente volvimos al mismo lugar, donde el mal ladrón ya habría dejado exhausto el cajero, porque se mostraba menos hiriente. Me dieron más vueltas y me dejaron en el Barrio La Perseverancia alta, en una esquina que daba a una calle delgada. “Para que te fijés lo decentes que somos, te dejamos los documentos y los papeles del maletín” (allí iban los originales de El cuerpo de ella, el poema del 61 dedicado a Dina Merlini que acababa de recuperar para mandar a un concurso, también el reloj que me había regalado Cachifo, que me salvó de ser considerado un mejor prospecto). Me hizo bajar el buen ladrón asegurándose de que no viera la placa del carro. Yo le rogaba que me devolviera el celular o tendría que pagarlo en la empresa, y me contestó que me lo dejaría en el marco de una ventana pero que caminara hasta la esquina antes de devolverme. Cuando oí que arrancaron me devolví con el maletín -donde portaba los documentos para salvar la cultura que iba a mandarle al Presidente para salvar el país-, y los poemas inéditos que me habían perdonado, pero el celular no estaba. Canté un gracias a la vida, respiré hondo, vacié la vejiga apuntando a las estrellas y emprendí la bajada hacia la Carrera 5 temiendo un segundo atraco. Pero al llegar a la 5 no me sentí con ánimo de abordar a otro taxista -taxis atracadores, la madre si vuelvo a ocupar uno- y bajé a la Séptima para retornar a la era del bus. Aunque habría que ponerse en el pellejo del conductor del taxi. Ya nadie tiene dinero para pagar una carrera. A veces no se hace ni para la gasolina. Y es un riesgo rodar por las calles solitarias sometido a que lo que él cree un feliz pasajero resulte ser un bandido que lo despoje. Por tanto, antes de que lo atraquen, es más seguro convertirse en atracador. Y, ¿quién era yo para humillar a estos condenados de la tierra con la insolencia de mi efectivo, mis tarjetas de crédito, mi medicina prepagada que me garantizaba atención de Urgencias en caso de que me hundieran el escalpelo, mi acceso a los medios de comunicación donde contaría mi tragedia y un puesto bien remunerado en la Administración departamental? Me seguían rondando las palabras del buen ladrón: “No es culpa nuestra, poeta, la culpa es de la situación del país”. A lo mejor tenían razón. Y yo acababa de comprar la vida. Esperaría a que sacaran todo lo que pudieran, antes de dar aviso al banco para que bloquearan mi cuenta. Ese sería mi aporte al equilibrio de la balanza de pagos.Al llegar a la casa me esperaban un plato de sopa, la biblioteca, el beso de mi esposa, la sonrisa de mis pequeños y un telegrama con la noticia de que al artista Leonel Góngora, amigo del alma y gigante de la pintura, un cáncer imprevisto acababa de robarle la vida. Leonel, quien comenzó por pintar al marqués de Sade y terminó pintándose él mismo entre mucha seda. El que más desnudó mujeres afiladas para sacar al arte contemporáneo de debajo de las cobijas. El que se paseó por las soledades de su pariente acompañado de sus hirientes modelos que pudieron volverlo hilachas. El que tenía un humor tan a flor de piel que las flores reían con las caricias. De quien mantengo un cuadro frente a mi cama para mantenerme en forma. Unas lágrimas terminaron de salarme la sopa.Coda. El caso es que con el poema que llevaba en el maletín ganaría los millones del Premio Nacional de Poesía del Distrito 1999 y que a mis atracadores los quebraría a balazos una semana después otro pasajero.

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