El paseo millonario (1)

Agosto 27, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

A pesar de tener vehículo asignado en la Gobernación como miembro del gabinete, por estar en “pico y placa” lo descarté y decidí irme por mis propios medios el miércoles para mi casa, a descansar de las arduas jornadas preparatorias del Día de Cundinamarca. Como estaba lloviendo y se me dificultaba encontrar un taxi, con aire vergonzante tomé una buseta en la Calle 26 hacia el centro, allí hice una escala técnica, me apliqué una cerveza mientras Colombia perforaba la valla del Ecuador y en la Calle 19 me apresté a tomar un taxi a mi casa de Chapinero Alto. Al fin y al cabo, Gabo dijo de los taxistas que eran el mejor amigo del hombre (¿o serán sólo los de Barranquilla?).Continuaba escaso el servicio a la altura de las 8 de la noche. Como hacía años que no montaba en bus, y no tenía prisa, me subí a un ejecutivo que iba por la 7A hacia la Avenida Chile. En el camino me dio oso, como dice mi hija, que de pronto me llamara el gobernador al celular y me hallara allí. El ego y la desconfianza me hicieron bajar cerca del Museo Nacional, pues analicé que si seguía en el bus, cuando me apeara en la Calle 68 debería emprender caminando una calle mal iluminada hasta mi casa y podría ser atracado. Pasaban taxis. Me bajé y paré uno, amarillo, nuevo, Daewoo, con taxista joven y recién peluqueado. Le pregunté por el marcador final del partido (tres contra uno, vaticinó el malparido), le di la dirección de mi casa, y arrancamos.Cuando de la 7A dobló por la 68 hacia Oriente, noté que se detenía sin haber policía acostado (ni apostado) y de súbito por ambas puertas traseras ingresaron abruptamente sendos jayanes, con el sacramental “Quieto viejo hijueputa si no te querés morir”. Me estaban asaltando -en el taxi que escogí para no ser atracado como peatón- en el mismo sitio de mi presentimiento. El taxista abrió su guantera y sacó de ella un bisturí de cirujano que le pasó al rufián de la derecha, quien colocó su punta en el lugar donde una vez estuvo mi amígdala del mismo lado. Arrancaron y en la curva alcancé a ver -con nostalgia- las matas del balcón de mi casa donde tendrían el fogón prendido, Salomé y Salvador esperando alpiste, -yo a toda marcha hacia lo incierto-, mientras las manos de los cacos emprendían el rebusque. “Agáchate viejo hijueputa y cerrá los ojos”. Me fastidió sobremanera que me vejaran expresando por segunda vez el término “viejo”, con semejante estado físico. Me obligaron a reducirme a la mínima expresión en mi asiento. Luego de sacarme los cien mil efectivos que utilizo como plata de bolsillo, y repartírselo por mitades, reservaron diez mil pesos que me dieron para que tomara un taxi si el episodio tenía feliz desenlace.Extrajeron mis lapiceros de plata, la chequera, el celular, me buscaron debajo de la corbata la cadena de oro que no tenía y el revólver que mucho menos, y hallaron la tarjeta débito en mi tarjetero de cuero. “Déjenme los documentos, carajo”, alcancé a pedirles. El de la izquierda (a quien llamaré ‘el buen ladrón’) me pedía que colaborara. El malo, que dijera de una vez si prefería llegar sano y salvo a la casa sin plata o con la plata en el banco pero con el cuero rajado. Y el pobre Cristo en la mitad con unas ganas de orinar del carajo. No tuve ningún deseo de hacer el héroe olvidando el número de la clave. Mientras uno de ellos se quedaba en un cajero automático, el taxista y el otro, exigiéndome mantener los ojos cerrados y la cabeza baja, continuaban dándome vueltas.El asaltante sin rostro me preguntaba por mi ocupación en el mundo mientras revisaba mi maletín de cuero y revolvía mis poemas y columnas de prensa. Le dije que era poeta. “¿Poeta? -gruñó el taxista-, pues vaya elaborando su réquiem, si la clave no es la correcta”.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad