El monje loco

Febrero 14, 2017 - 10:12 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Elmo Valencia y yo salimos de Cali hacia Bogotá el 21 de mayo de 1970, en Flota Magdalena como acostumbrábamos por esas calendas, porque “si flota Magdalena flota el nadaísmo”, pensábamos. Íbamos dispuestos a impedir un asalto a la democracia, cometido desde el propio Palacio Presidencial, al birlarle el triunfo en las urnas al general Rojas Pinilla para endilgárselo al espurio Misael Pastrana Borrero.  Además, el General había dicho por la prensa nacional a su militancia, que no dejaría posesionar a Pastrana.

El ‘negro’ Manuel Corrales, propietario del Hotel San Francisco, donde había comenzado como mesero, nos tenía dispuesta la ‘suite nadaísta’, que un par de años antes yo había estrenado, en compañía de la poeta peruana Raquel Jodorowsky, cuando las celebraciones espléndidas de los primeros diez años del nadaísmo.

Elmo Valencia, a cuyo ‘El monje’ Amílcar U complementó como ‘loco’, en honores a Rasputín, había partido de Cali a estudiar en USA, en una práctica huida de los chulavitas que en plena ‘Violencia’ se la tenían sentenciada por su elocuencia liberal en las plazas. En Chicago estudió, según cuenta, ingeniería electrónica, y en Nueva York la pasó con los poetas beatniks, comandados por Allen Ginsberg, con quien se encontraría de nuevo en La Habana en 1965, como jurados del Premio Casa de Las Américas.

Al regresar a Bogotá, en el 60, y como la electrónica no había afincado aún en Colombia, optó por militar en el nadaísmo recién fundado y darme para su publicación en Esquirla, el suplemento del diario El Crisol, que dirigí con Alfredo Sánchez, una serie de textos que fueron la novedad y el asombro, tanto que ‘el Profeta’ nos escribía desde Medellín: “Lo que nos tiene completamente en el abismamiento es Elmo Valencia. ¿Qué dios parió ese desaforado monstruo? ¿Cuántas patas tiene? ¿Camina como nosotros los humanos? Díganle que Gonzalo Arango y los nadaístas de Medellín le enviamos 40 pares de abrazos.”

Adelantamos la redacción de El libro rojo de Rojas con declaraciones y documentos, entre ellos la primera página de El Espectador que daba el triunfo del general, antes de que ‘la maquinaria’ echara para atrás la noticia. El libro lo publicó un editor de la Anapo. Por entonces nos llamaban ‘los nadapistas’. El grueso de la edición se vendió en un tenderete en la Plaza Mayor de Villa de Leyva, cuando la fundación del tercer partido. Sin embargo, no tuvo la circulación de El libro rojo, el de Mao, a la que aspirábamos, pues el editor empleó papel de envolver en vez de papel cebolla como le sugerimos, que servía para hacer ‘barillos’. El libro fue, pues, un fiasco económico. Para lo único que sirvió fue para que se creara ‘La guardia roja de Rojas’, siguiendo el ascendiente de la revolución china, y esta fue el M-19.

Empalmamos con el hippismo, que había sentado reales en el parque de la 60. Allí Elmo conoció a Patty Zeppelin, una preciosa sardina que en medio de una comilona de hongos en La Miel le dio una hija, Penélope, que hoy vive en Suecia. Por entonces publicó su novela Islanada, que ya era legendaria antes de ser publicada. La historia ficcionada del nadaísmo en una isla desierta, frente a Tumaco, a donde van a caer 7 nadaístas —cuatro hombres y tres mujeres— que terminan por deshacerse. Por donde iba Elmo arrastraba fama de genio, y más cuando descubrió el zen a través de un maestro perfecto que se encontró en la playa y propuso que el nadaísmo se llamara en adelante nadaísmo-zen. Gonzalo Arango se iba a transar, pero llegó el pronunciamiento de la Sociedad Budista Internacional, que lo proscribía. 

Hoy el Monje tiene 92 años  y ha regresado a Cali en busca del sol subterráneo. La Tertulia Médica de Adolfo Vera y NTC le han ofrendado un bello homenaje. No tiene pensión, no tiene sino a sus amigos y al señor Buda que ve por él a escondidas de los budistas. No lo desamparen, amigos. Su teléfono es 318 3346857.

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