El milagro del día

Marzo 13, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

De los hombres que han pisado la santa tierra hay uno que merecería que escribieran sobre él los demás hombres su particular evangelio, y es ese que obraba prodigios en el nombre del Padre y bendecía a los que escuchaban el metal de su voz. Todo hombre tendría que dejar a la posteridad el testimonio del milagro realizado en él por el poeta de las barbas nazarenas. Milagro que no es el de la multiplicación de los panes y de los peces para dar alimento a los curiosos de su divina retórica. Ni la curación del leproso ni la recuperación de la vista ni el paseo sobre las aguas. Ni el levantamiento a destiempo del sepulcro cuando ya se era parte de la gusanienta comitiva de la muerte. El milagro consiste en amanecer vivo todos los días bajo el azul estrella, y en hacerse merecedor de esas 24 horas en que nacen y mueren tantas criaturas, mientras los cuerpos celestes hacen su gira rutinaria por sus órbitas gigantescas.En un principio pensamos que este planeta estaba dejado de la mano de Dios por el enseñoramiento de la muerte y el hambre, la peste y la guerra. Al Señor acusábamos de hacernos olvidar sus enseñanzas. Diestros en maldecir y peritos en blasfemar, lo que nos ha dejado un menguado prestigio y un complejo de culpa hacia los carpinteros, nos ensayamos ahora en el arte de bendecir y cantar alabanzas, convencidos de que toda palabra es un beso consolador. Ya es un milagro responder con amor a la ira y con condescendencia a la injuria. El ejemplo de Jesucristo merece algo más que la imitación del Kempis. Todos los días me pongo mi corona de espinas para dar vueltas por el mundo, me dejo azotar por los mercaderes del templo, tomo mi cruz a pecho, vivo mi pasión, mi flagelación y mi gloria, y resucito cada mañana con más ganas de hacer lo mismo.Por un milagro continuado tengo todos los días dispuesto el grifo con el agua para beber y para bañarme, el alimento hace su habitual recorrido, el don del sueño llega puntual a mis ojos. Es mucho para un mortal que se ha desdoblado en dos hijos, es amante de la palabra hasta convertirla en poema, ha sido testigo de las obras de arte con que el hombre quiere continuar la destreza de su Creador.Hay milagros de milagros, desde el milagro en verte y el milagro de siempre, hasta ese milagro de contemplar a los hijos saliendo de su fuente de vida sin reventar la bolsa y volverse más grandes que sus vestidos. Y tener a la belleza como presente en todos los actos. Sólo por la contemplación de la belleza vale la pena el paso del máximo testigo de la Creación por este universo a ratos calamitoso.Todos los dioses tienen algo para nosotros y nosotros tenemos algo de dioses. Así podríamos hacer algo porque el mundo tome la forma de la promesa. Basta practicar la justicia para que el rostro de la vida sea más amable y la caridad para contrarrestar la carencia. Y el amor para recobrar las naranjas del paraíso.Del milagro vivimos porque somos milagros con pantalones y este mundo un milagro que ni de día ni de noche se desmorona. Un milagro la lectura de la vida de los mártires de la Iglesia y de los superhéroes de los comics de los periódicos. Un milagro que el amor no se apague sobre la piel que se tiende sobre la cama. Un milagro ver en el cine las hazañas de los tiranos y su caída.Si mi madre hubiera leído este artículo habría pensado que le cambiaron el hijo. No puede ser el mismo que se daba contra las paredes por dudar de la Redención. Madre, estés donde estás, gracias por haberme dado la vida, el milagro mayor de siete, y la oportunidad de encontrar a Cristo. A partir de este encuentro seré más humilde, que es ser más fuerte, y más justo, que es ser más hombre.

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