El mal del poema

Noviembre 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando en el colmo del descaro, y viendo cómo la casa se iba cayendo por partes, le notifiqué que había decidido dedicar todos los momentos que seguirían de mi vida y los esfuerzos de mi intelecto a la poesía, papá me contestó que estaba de acuerdo, así ello implicara renunciar al aporte de mi centavo de plata que tanto se requería.Y que me perdonaba que no me dedicara como esperaba a cantarles la tabla a los burgueses del otro barrio que para pagar su opulencia nos tenían condenados a la reiterativa sopa de garbanzos con agua del chorro. Y que me perdonaba que no prestara mi hombro a los hijos de los vecinos que orondos se iban a la guerrilla. Y que me perdonaba que no le hiciera una requisición a Dios por haber creado este mundo de esta manera. Él era librepensador, y a mucha honra se ufanaba de ello, a pesar de que se decía que “para conservadores los liberales de Rionegro”, su pueblo natal. Leía, y me dejaba por ahí tirados para que yo los encontrara y fuera leyendo al desgaire mientras traspasaba la adolescencia, tomos como Las ruinas de Palmira del Conde Volney y una Historia de los papas en que no se dejaba pontífice con cabeza. También algunas noveletas de Vargas Vila como Ibis y Flor de fango. Y El affaire Deyfruss de Emile Zolá. Aunque tenía a su disposición todas las pruebas de la inexistencia de Dios no tenía ningún reparo en asistir a la misa de los domingo dos o tres veces por año, y a las ceremonias de bautizo, primera comunión y casorios de los miembros de la familia, por cierto muy bien ataviado con chaleco, saco y corbata, y ungido de lociones de seductor. Se sentía orgulloso de que en las fiestas de la madre que celebraban en el colegio que fuera yo el escogido para declamar temas como El brindis del bohemio contemplando a los ojos a mi madre joven y bella, pero tenía consciencia de que el tenor de la poesía que yo debía cultivar no iba por allí, y armaba mi biblioteca de nervales, de heines y de petrarcas, enseñas que me caían de perlas en el oasis del barrio Obrero. En las charlas con sus colegas sastres o sus clientes perchudos les hablaba sacando pecho del talento de su pupilo, seguramente destinado a suceder a Neruda en las mesas de ninfas y combatientes, así a él no le cayera de todo bien el fervor revolucionario puesto en la lírica. El factor de que el cachorro de poeta no trabajar era un sacrificio que él asumía de mil amores y no pocos sinsabores para poder legar a las letras del futuro los frutos del ingenio que a duras penas solventaba con sacrificios.Tenía la convicción de que las juergas de bohemia subida a las que me volví adicto todas las noches, y que iban del Café Colombia a Bar de Efraín y las pistas de Juanchito, eran parte de mi instrucción de bardo en ciernes, así llegara todas las madrugadas más ebrio que el barco de Rimbaud a tocarle por la ventana. Antes de salir para el trabajo en el pasaje Zamoraco me dejaba el Alka Seltzer en la mesa de noche y un billetito de a peso para que la nueva jornada no me sorprendiera vacío.Como había visto sobre su mesa de sastrería una hoja con un verso en estado de gestación con el que me iniciaba en el canto: “La culpa de todo la tuvo la cebolla”, severo sentenció que lo único que no me perdonaría sería que escribiera malos poemas. Años después publiqué en una revista clandestina de Bogotá este poema titulado La Pitonisa, que no sé cómo llegó a sus manos: “Cuando nací, la Pitonisa, / prevalida de no se sabe qué dotes, / pidió a mi madre que escogiera entre estos dos privilegios: / que al yo cumplir los 25 años recibiera un millón de dólares / o fuera el mejor poeta del mundo. / Y la bruta escogió que fuera / el mejor poeta del mundo”. Consideró que era el peor poema que podría escribirse en el mundo, y por poco me retira para siempre el saludo. Perdón, papá.

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