El Gigoló (2)

Julio 27, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hicimos giras multitudinarias. Desde las discotecas El Infierno y La Bomba, en Bogotá, hasta el Teatro Pascual de Andagoya, en Buenaventura, donde el público nos trató de linchar. Cuando aparecimos en el estrado Pablus Gallinazo, con su guitarra y el sable de la Guerra de los Mil Días de su abuelo; Eduardo Escobar, con su palabra desnuda e hiriente como su cuerpo; Gonzalo Arango, con sus manifiestos llenos de piojos, y yo, era Luis Ernesto, quien más aplausos arrancaba de la audiencia, dominando el micrófono con su metro escaso de estatura y un cigarrillo a flor de labio.Elmo tenía una novia a la que nunca visitaba y él iba a visitar a la novia de Elmo. Pero antes pasaba siempre por la puerta de la Gobernación y se quedaba largo rato mirando hacia adentro. Un día me dijo que me iba a mostrar algo “que me iba a dejar azul”. Que había descubierto que a la gente la podían cambiar por otra. Llegamos a la puerta y me dijo que mirara ese cuartico que acababa de abrirse y al que ingresaron una señora gorda con una cartera gris, un anciano con un bastón y un mensajero con un paquete. Al poco tiempo volvió a abrirse la puerta automática y salieron un político con aires de gobernador, una jovencita con un niño de teta y un gringo con una guitarra. Se le desorbitaban los ojos mientras me apretaba la mano y me repetía: ¿lo viste, no es cierto? Ese es el cuartico del Gobierno donde cambian a la gente. Pero no le vas a contar a nadie. Y se iba a visitar a la novia del monje.Era un niño del campo que llegó a la ciudad y se encontró con el irracional nadaísmo. Todos le enseñamos algo, hasta dejarlo convertido en una bomba de tiempo. Dos años compartió nuestras acciones. Aún lo veo sobre los hombros de Evtuschenko, el oso ruso, en el bar del Hotel Alférez Real, de Cali, entre Gonzalo y Dora Franco, cantándole sus poemas y preguntándole por los zapatos de Nikita Kruschhev.Tenía la edad del nadaísmo y murió en 1968, portando una carta de Gonzalo, donde nos pedía que no dejáramos morir el nadaísmo. Venía por la Avenida Colombia de casa de la novia de Elmo, cuando Arne Krag y su chatarra de carreras lo dejaron sin alma viendo un chispero. Y que conste este nombre para la historia universal de la infamia, pues nos obligó a enterrar al niño maravilloso por suscripción ciudadana. Cuando lo fuimos a rescatar del anfiteatro, los acuciosos practicantes le habían sacado el corazón. Ocho años después pereció el profeta Arango, de un golpe similar en la frente producido por otro bólido. Se le enterró con una toalla enrollada en el cuenco que antes ocupó su cerebro.Nos acompañaron cientos de niños caleños con flores y pancartas a dejar en el cementerio a ‘Colibrí’, que era su apelativo como cantante, al ‘gigoló de los dioses’, que era su seudónimo de poeta, a Luis Ernesto Valencia, que era su nombre y apellido adoptivo, hasta que los tiempos se borren o nos trague la tierra de este planeta que no nos pudimos tomar.Nos quedamos azules después del entierro, contemplando su obra completa, quince pequeños poemas escritos con carbón en la pared del cuarto donde quedaba el monje solo con Islanada. Los pasamos a limpio y entregamos copias a algunos amigos que le querían.Uno de esos amigos era Ómar Rayo. Pasan 19 años y el faraón de los intaglios hunde su mano en una enorme paila que tiene en Nueva York, donde almacena sus proyectos y recuerdos y se encuentra con los poemas del Gigoló. Los publica el Museo de Roldanillo para refrescar la memoria de ese niño veloz a quien la propia eternidad le quedó chiquita.

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