El Gigoló (1)

Julio 20, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Se cumplen 42 años desde que la muerte, montada en un carro de carreras, se nos llevó al poeta más joven del mundo, quien tenía, como el Nadaísmo mismo, diez primaveras y ninguna flor. Otras tres circunstancias confluyen para desenterrar el tema. La muerte de Omar Rayo, quien fuera el editor de su parca obra en sus ya legendarias Ediciones Embalaje; la reciente visita al país, invitado por el Festival de Poesía de Medellín y el Gimnasio Moderno de Bogotá, del poeta ruso Evtushenko, quien en 1968 anduviera con Gonzalo Arango por Cali, con el niño sobre los hombros; y la preciosa edición de ‘Las bodas sin oro. Cincuenta años del Nadaísmo’, a cargo de Elmo Valencia. Este niño fue uno de los hitos del milagroso movimiento que fundara y fundamentara ‘el Profeta’ y fue el primer enterrado de la nómina de monjes que nos sumamos a la revuelta poética. Monjecitos, así nos llamaba Gonzalo. A Elmo le aplicó el apelativo de ‘El monje loco’ y al niño el de ‘Gigoló de los dioses’. ¿De dónde venía? ¿Qué vino a hacer entre nosotros? ¿En qué vientre chispeante lo concibieron? Eso ahora sólo el silencio lo sabe. Sus primeros recuerdos se perdían por un túnel en un tren de pasajeros donde viajaba sin tiquete. Lo descubrieron, el inspector hizo parar la máquina y lo dejaron en la vía. Fue su primer asombro -contaba- cuando a los pocos kilómetros encontró el tren descarrilado. De entre las paralelas recogió un revólver, hizo un disparo al aire y lo volvió a arrojar entre las traviesas. Tenía 5 años y se había ido de la casa sin decir por qué. Pidió trabajo en una hacienda y lo pusieron a cuidar ganado, pero lo echaron porque acostumbraba pasarse los días encaramado en los árboles ‘chupando guanábanas’. Se hizo amigo de un perro que también andaba haciendo el camino. En el bolsillo portaba una navaja y una piedra que daba fuego. Alguien le habló de la ciudad como la tierra prometida de los campesinos. Desandando el curso del río encontró sus luces. Recuerda que cuando entraba en la ciudad se devolvió el perro. Le tiró la piedra de fuego y siguió adelante. Comandó cuadros de gamines durante un año. Una noche durmió en el último peldaño de una escalera.Elmo Valencia rememoraba en su cuarto la primera aventura nadaísta en el Pacífico para escribir su novela Islanada y componía canciones y cedía su petate a los santísimos caminantes que andaban por América en busca de la iluminación o del monte. Un vagabundo norteamericano que él está seguro fue Gary Snyder le confirió el zen a la orilla del mar y lo inició en la alimentación macrobiótica. Esa noche en su sueño el ‘monje loco’ vio cómo Buda guiñaba un ojo. Ha llegado el momento de recoger mi mata de té. Bajando la escalera sintió cómo su corazón titilaba. Había llegado el Intuido.Aterrizamos en Cali profetas nadaístas provenientes de todas partes a entonar las salmodias con la guitarra eléctrica en el festival de vanguardia. Era 1967. Y allí estaba con sus 8 años, en la tarima del Estadio Pascual Guerrero, cundido de jóvenes pacifistas hasta las banderas, entonando al micrófono el himno de guerra del nadaísmo contra la guerra: “No mates las amapolas”. Elmo había compuesto ese himno que sería nuestra ‘Internacional’ cuando nos tomáramos el planeta. Pero antes de empezar a cantar, nuestro pequeño amigo, en medio de un estruendoso silencio, improvisaba a ráfagas sus auto presentaciones:Me llamo Luis Ernesto Valencia y lo que más me gusta es comer granizo./ Para la tos, como para eternizar la gasolina del cohete, no hay nada mejor que un poquito de miaos./ Le pido al responsable público que se tenga en sus sillas y no se asuste, porque voy a empezar a hablar y los voy a dejar azules./Al que me pida un autógrafo se lo doy, pero me quedo con el estilógrafo.

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