El entierro de la abuela

Junio 18, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Nunca he querido contar cuál fue la primera vez que me encontré con el diablo. No porque me dé miedo asustar a nadie, ni porque tema que se me lleve a la hoguera pues ya la Santa Inquisición entró en crisis. Pero si bien está confirmada la existencia del enemigo malo, también es cierto que Torquemada continúa en furor. Este monje, que tostó a tanto brujo y hace 500 años murió en la cama, podría tener más del diablo que la misma criatura infernal creada por Dios para endosarle en el falso cielo a quienes se apartasen de Él. No hago esta confesión por fantoche, ni porque nada me importe que se piense que me estoy volviendo loco después de viejo. He decidido sincerarme antes de que me llamen a rendir cuentas, y qué mejor que a través de un escrito de esos que vendo para poder preservar mi alma atendiendo al cuerpo. Asistía al velorio de mi abuela Carlota, Rionegro, Antioquia, 1880. Estábamos en el 70, luego se iba de 90. Me tocó compartir su cuarto, en una estrecha cama al lado de la suya, hasta cumplir los 14, cuando me fui de la casa en pos de una ingrata. Abuela me contó en 3003 noches todas las historias de terror que había escuchado, vivido o se inventaba, contaminándome el virus de la narrativa y la obsesión escatológica. El ataúd ocupaba el centro de la sala de la casa paterna, en el barrio Obrero, en Cali. Los muebles se pusieron, uno sobre otro, en las habitaciones contiguas. Sólo quedaba la araña de siete brazos con sus debilitadas bujías, iluminando la ventanilla del ataúd por donde podía verse la última mueca de la finada. Estaba toda la familia, llorando y orando. Muchas mujeres con mantillas negras revoloteaban por el ámbito. Por ese entonces yo era una bala perdida. Nadie daba por mí un fósforo para prender una vela. Vivía en Bogotá con una adivina de cartas. Pobre Jota, se lamentaban mis amigos entonces, “¡tras de marihuanero, enyerbao!” No era cierto. Apenas si había tenido algún roce con la cannabis, pero como nunca fumé cigarrillo tampoco aprendí a aspirar, y creo que el alucinante bareto le hizo más efecto al presidente Clinton que a mí. Pero me pierdo en digresiones, que me sirven para precisar el estado de mis cabales. En uno de los ángulos de la sala, muy circunspecto, con vestido de paño confeccionado por mi papá, había un señor de quien tenía noticia de que era levantador de muertos de la inspección de Policía. Se me quedó mirando desde que llegué, y en un momento dado, en el patio zaguero, adonde había salido para fumarse un Pielroja, me abordó para decirme: “Es una lástima que se haya muerto doña Carlota, pero tenga la seguridad de esté donde esté, seguirá velando por su familia”. “Amén de las ánimas”, le dije, apelando a la convención pero compungido sinceramente.-A propósito -continuó-, me han dicho que usted rompió relaciones con Dios al dedicarse a la poesía, por lo cual lo felicito, pues hay tanta gente que cree que la poesía es un puente hacia lo divino. ¡Pamplinas! ¿Fuma?- Sólo lo que no debo. Gracias. ¿Y a qué debemos el honor de su compañía?- Ha de saber que me especializo en la muerte. Todos los días repaso varios cadáveres. Casi todos de asesinados. Y por el rictus de sus labios y sus heridas adivino su destino final. Todos hacen tránsito en el purgatorio. Y es allí donde realizan su negocio los curas, asegurando que con rezos y donativos pueden sacarlos. Pero, cuando las familias ceden a esa especie de chantaje, es cuando el difunto tiene más seguro el infierno. Doña Carlota en este momento está en el Purgatorio, pero no crea que la salvación es tan fácil, más aún, quiero decirle sinceramente que la salvación es innecesaria.- ¿Quiere usted decir que es preferible la condenación eterna?- Perdóneme que le sea tan sincero. Pero usted me ha entendido perfectamente. (Continuará)

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