El don de soñar

Febrero 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La mitad de mi vida la he pasado soñando. No hablo de la otra mitad, que la he pasado durmiendo. Como soñar no cuesta nada, qué buena vida me he dado con los ojos cerrados. Cuerpo adentro, con personajes conocidos de afuera y con otros que sólo el sueño concilia. Anoche nada menos estuve en un concierto de rock en el puente de Waterloo. Todos los amigos hippies muertos por sobredosis estaban en primera fila. Los niños de las flores entrecruzados con las niñas del alma. Napoleón Bonaparte tocaba el bajo. Mi primera mujer, que hoy yace en un cementerio de la Gran Manzana, me masajeaba la espalda. Terminó desnuda en el puente donde todos los músicos le tatuaban sus firmas sobre la piel. Entre ellos estarían Jim Morrison y el Fantasma de la Ópera. Cuando desperté todavía sonaban las notas discordantes de Los Muertos Agradecidos. Los escritores públicos hablan por lo general de los sucesos de la vigilia. Acontecimientos entre dos soles, la prosa desabrida del ser que va deviniendo. Pocos ahondan en esa otra realidad que no es menos real aunque no se toque. La intrincada poesía del inconsciente. Para muchos escritores la escritura se emparienta con el soñar. Yo escribo como si estuviera hablando dormido, así decía María de las Estrellas a sus siete años.Cuántos hay que viven del cuento. Yo he sabido vivir del sueño. En el sueño me han dicho lo que debo hacer tan pronto despierte para seguir viviendo. Instrucciones que presto he cumplido y me han llevado a cimas nevadas donde no he tenido más remedio que saludar a la creación y agradecer a Dios por ella. Me he plantado en la frontera donde fornican el sueño y la vigilia y en ambos he comido los frutos de la demencia. Si uno mira las calles de la vida se da cuenta de que pertenecen a la hipótesis del ensueño. La rosa que crece sola en mi jardín me canta la hora. Mis hijos suben en busca del diccionario. Mi mujer pela un sábalo. Entra humo por la ventana con noticias de la guerra. Con seguridad que hoy toca un ángel a mi puerta con un dinero que me adeudan y que ya debo. Abro los libros de la biblioteca y me caen las letras encima. Los cuadros se animan en las paredes. Y puedo jurar que no estoy trabado. Simplemente estoy más allá, mirando cómo se abren las puertas de la percepción. Respirando como respiran el mar y los altos cielos. Una temporada de mi vida la pasé sin soñar, porque una tía me daba unas infusiones de paico que me protegerían de la fantasía onírica. Me sentí el hombre más infeliz, porque sólo somos reyes cuando soñamos. El legado más importante para la humanidad sería que un hombre le dejara el relato completo de sus sueños, leí que decía un psicólogo. Y me propuse seguir su consejo. En un libro de contabilidad, que titulé ‘La central de los sueños’, fui anotando mis soñares, sin matizarlos y sin aventurar interpretaciones. Ningún editor se mostró interesado en semejante acumulación de episodios surrealistas. Alguien me aconsejó que hiciera el canje por mis experiencias eróticas, vividas y soñadas, libro que sólo podría publicar de manera póstuma, y con los nombres cambiados. Y aquí vamos, sacando de los sueños material para ganarnos la vida con esta escribidera que no da tregua. Viendo morir a los amigos como los días. Sin poder arreglar el mundo. Aferrados a la vida como a un libro prestado. Hay que tener disponible un arsenal de sueños para hacer frente a la realidad que nos mata. Sueños que tendrán que cumplirse como un destino. Si en algo ha avanzado la humanidad es en el cumplimiento de los sueños del visionario. Se necesitan soñadores para que el mundo siga patinando sobre sus rieles.

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