El doctor Peláez

Mayo 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hace 60 años, recuerdo, en la Carrera 4 número 20-60 del Barrio San Nicolás había un aviso en fina hojalata verde con letras blancas en relieve que decía: “Se venden pantalones de paño para niño”. Mi padre, don Jesús Arbeláez, que trabajaba en el pasaje Zamoraco para don Jacobo Áckerman, hacía que de cada vestido de paño que confeccionaba para algún cliente le sobraran retazos con qué hacer un pantalón corto, como usaban los muchachos en su Rionegro natal, hasta bien entrados los 15. Mis compañeros de la escuela eran las víctimas propiciatorias de las tijeras paternas, y a casa llegaban a regañadientes los muchachos con sus mamás, prácticamente de una oreja, a que les tomaran las medidas para la económica aunque elegante prenda que a todos les abochornaba ponerse. Consideraban que Cali era ya una gran ciudad y que esos calzones cortos eran cosa de pueblerinos. A decir verdad, les daba pena con las nenas del barrio que los vieran piernipeludos. En la casa vecina y gemela vivía una familia procedente de Montenegro, conformada por doña Justa, su esposo Ernesto, sus tres hijos Hernán, Ramón -a quien apodaban ‘El negro’-, y la pequeña Sonia. También ocupaban sendas habitaciones la abuela Sofía y una dama hermosísima que era la tía Paulina, quien viajaba frecuentemente a los Estados Unidos, de donde les trajo de regalo, a Sonia un triciclo estelar, con parrilla y timbre, y a Hernán un circo eléctrico que era la sensación en el barrio. Doña Justa, fascinada con el rico muestrario de recortados pantalones, los adquiría encantada para sus hijos. Hernán los recibía sin mucho entusiasmo en tanto que ‘el Negro’, no cabía de la dicha. Justa y Ernesto se volvieron compadres de mis papás, apadrinando a Mariú, quien heredó el triciclo cuando la familia decidió empacar e irse para Bogotá. Las casas tenían dos patios. El de atrás, donde quedaban los lavaderos, estaba separado del vecino por un muro no muy alto, al que bastaba con pararse en el grifo para saltar al otro lado, que era lo que hacíamos usualmente, mi hermano Jan Arb y yo para asistir a las funciones del circo que administraba Hernán, a tarifa módica, y ellos se pasaban por las noches y se sentaban en la enorme mesa de cortes de papá, quien mientras trozaba los paños, les iba echando historias de miedo que le habrían sucedido por los montes y caminos de Antioquia, cuando era un sastre portátil. Sobra decir que casi a medianoche los pequeños y aterrorizados Peláez regresaban a su casa traspasando el muro, y oyendo todavía cómo cabalgaba el caballo de las tres patas.En Bogotá Hernán terminó su bachillerato y se graduó de ingeniero químico, para no contrariar los deseos de su padre. Pero lo suyo era el periodismo, concretamente el deportivo. Se consagró a él y en pocos años llegó a convertirse en una leyenda, por ser canchero en el oficio, por su expresión envolvente y tranquila, por la sabiduría y amenidad de sus comentarios, que luego hizo extensivos a todos los temas nacionales a través del programa La Luciérnaga, convirtiéndose en uno de las personajes más queridos y aplaudidos por los colombianos. A veces, cuando no había nadie en la casa de las agujas, Hernán Peláez de 9 años saltaba la tapia, tomaba en su derecha una cucharada sopera que enfrentaba a su boca, se sentaba en la mesa de cortes, y cuando llegábamos de la calle, lo encontrábamos con toda la emoción de un locutor deportivo, narrando partidos que se celebraban en su imaginación, Julio Cozzi manda la bola a media cancha donde la recoge Francisco Cobo Zuluaga y la pasa por elevación al argentino Néstor Raul Rossi, la pierde con Francisco Solano Patiño quien la cruza para cañete, éste la deja a los pies de alejandrino genes quien de un violento taponazo fusila a Julio Cozzi marcando el primer gol de la tarde. Larga vida para mi inolvidable vecino.

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