El comienzo del fin

Abril 12, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En la Cali de los 70 se consolidó un grupo de jóvenes picados por la mosca del cine y la literatura sin desviarse de la rumba pesada, capitaneado por Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina, quienes en alarde de ingenio y sarcasmo, dado que en la ciudad la actividad cinematográfica era precaria, se acreditaron como Caliwood.El escritor Caicedo era el tímido, torpe, tartamudo, activista sin desmayo ni privaciones; cuando no estaba leyendo literatura macabra era viendo cine u oyendo rock, todo ello aderezado por la ingestión de la droga en boga. Fundó el Cine club en el San Fernando, editó la revista Ojo al cine, escribió una serie de libros. Con Que viva la música, pegó el batatazo y se convirtió en leyenda desde el mismo momento en que apareció el libro y él se disparó sesenta pepas de seconal.Carlos Mayolo era el espíritu alerta con pantalones de concurso, una metralleta de metáforas astilladas, un director para quien el guion valía huevo porque lo iba construyendo según su iluminado capricho. Vodka, perico y cacho eran su trinidad cotidiana. Hizo varias películas solo y otras con Luis Ospina, todas con el afán de desacralizar y de burlarse de quienes traficaban con la miseria de la pobre people. Al humor negro le agregaban gotas amargas. Enamoraba con sólo mirar por la cámara picando el ojo.Luis Ospina mediaba entre ambos haciendo de fiel equilibrio. Venía de California donde había estudiado cine de veras. En Oiga Vea él era el audio mientras Mayolo el video, sonido y cámara. Todos vivieron por épocas en La Casa Solar, morada familiar aportada por el fotógrafo Guerrerito, otro de la historia, que fue a la vez comuna, laboratorio, galería, conspiradero y desnucadero.Ospina se propuso hacer la película de su vida y por poco le resulta la de su muerte. Mientras la adelantaba se le atravesó un cáncer y tuvo que variar el orden y el contenido. Es la crónica -o documental como se llama en el cine-, de la vivencia vidente sin atemperar los excesos de los tres nada tristes tigres caleños, sus logros azucarados, sus tremendos amores que terminaron por ser intercambiables, su amistad por encima de todos, su voluntad de no transigir en sus transgresiones. Caicedo y Mayolo ya se embarcaron en la muerte, esa otra forma de quedarse dormido en plena película. Ospina los despierta en la mente de sus fanáticos. Son tres horas y media con una narración sostenida, surcada por referencias a otras películas clásicas y de ellos mismos, tomas de archivo, cartas, filmaciones de filmaciones, entrevistas con las voces y figuras de sus mujeres y sus amigos en la fiestichola del testimonio.La película, con la muerte como asistente batiendo el ala, produce además de solidaridad y nostalgia emociones fuertes, positivas como la veneración hacia tales muchachos locos como lo fuimos, negativas hasta el asco con la aparición de ese personaje que funge de poeta, Alvarado Tenorio, quien de lo único que puede presumir en su vida de intelectual arrimado fue haber sido detonante en el suicidio de Andrés Caicedo, avergonzado ante su novia, como lo explica en su última carta, por haberse dejado manosear por él. Que todo lo que toca lo vuelve mierda.Luis Ospina le ganó de mano a la muerte, lo que implica que ya puede dormir tranquilo. Hizo una suerte de epopeya del correr de una panda de irreverentes que sin mayores recursos hicieron con el cine y con las palabras lo que quisieron, darles la vuelta y proponer una catarsis vecina del cataclismo.Es una de esas obras imperdibles de nuestra cinematografía no del todo descarrilada, que con seguridad va a hacer volver los ojos a las películas y los libros de ese cintilante grupo de Cali, de Caliwood. Y de los nuevos que vienen empujando con ese ejemplo. Ponte las alpargatas, Luis, siéntate en el sillón, y descansa.

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