El cine y la poesía

El cine y la poesía

Noviembre 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En el Teatro San Nicolás de Cali, cuando apenas había aprendido a leer, entraba a las funciones infantiles de los domingos. Veía películas de vaqueros y me sorprendía de que pesados sociólogos afirmaran por la prensa que esas cintas eran la causa de la violencia del colombiano. Las primeras pelis que recuerdo con título eran de ficción científica, Invasión a Mongo, Invasión a Marte y Flash Gordon conquista el universo. Me aficioné tanto al cinematógrafo que poco tiempo después me convertí en vendedor de maní y de golosinas durante las funciones. Mi madre no era afecta a las películas mexicanas a las que asistía toda la familia pues, refiriéndose a las de quinto patio, decía que para ver pobreza allí la tenía en su casa, y en cambio se solazaba con cintas imperiales, al estilo de Sissi la emperatriz.Merced al cine perdí virtualmente la virtud en la oscuridad digital de mi infancia. Contemplando el meneo de caderas de María Antonieta Pons y la Tongolele. Ya en la adolescencia, en las sillas posteriores de palco del Teatro Colombia, tuve mis primeras aventuras eróticas reales impulsada la chica por las cargas de caballería de los vaqueros contra los indios.No creo que el cine se creara para contar historias. Como arte puro y con recursos propios, debía ir dirigido a convertirse en la más bella de las artes, a partir de lo visual. Pero para darle gusto al público y hacer algo comercial en el mundo, lo pusieron a ilustrar con la imagen móvil cuentos y novelas. A eso llegó. Y eso gustó. Pero igualmente pudo emular la pintura. Y hacer arte abstracto. La literatura, y sobre todo la poesía, también hicieron sus experimentos para convertirse en arte visual (el letrismo, los caligramas, la poesía concreta, el collage). Pero primó lo anecdótico, qué le vamos a hacer.El cine podría carecer respetablemente de la palabra, como lo prueba el cine mudo. Hay la poesía de la imagen, muy hermosa y muy respetable. Pero también hay una poesía despojada de ese adorno, igualmente hermosa. La poesía del discurrir, que está sembrada de sorpresas y encantos.Con las maravillas de la técnica el cine llegará –o ya llegó- a ser el arte total. Con el inconveniente de que en las ciudades hay cada vez menos salas de cine, y en los pueblos pequeños ni siquiera ha llegado. Ver cine en el computador es una resignación. La maravilla del cine sigue siendo la pantalla gigante.Los nadaístas fuimos paralelos con la nouvelle vague, con la literatura objetal francesa, con la revolución cubana, con la teología de la liberación, con los puños de Cassius Caly y con los culos de Marilyn Monroe y Brigitte Bardot. Ante el neorrealismo de nuestra bestialidad nacional debimos dedicar lo mejor de nuestro fuego creativo a la protesta social por espacio de más de 50 años. Y la paz apenas está asomando en Colombia, de la mano de un nadaísta, el negociador Humberto De la Calle Lombana.Tuvimos un director de cine, Diego León Giraldo, quien hizo un film sobre el cura guerrillero Camilo Torres. Por desgracia se fue temprano. Por lo demás, no fue necesario meternos en eso. Allí venía la generación siguiente con los mismos anhelos nuestros, similar estética y vicios comunes, el grupo de Caliwood, con Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis y Sebastián Ospina, Ramiro Arbeláez, Carlos Palau, Sandro Romero. Con los caliwoodenses no sólo nos relacionamos. Éramos prácticamente los mismos, en la misma ciudad, en los mismos bares, con las mismas ideas revolucionarias sonrientes y con los mismos jíbaros y las mismas novias.El mejor programa con las novias era ir al cine, después ir a cenar y luego a bailar. Y luego a lo que sabemos. En lo que la mejor parte del tiempo se iba en comentar la película.

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