El cielo para mí solo (2)

Agosto 23, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Los que levantan los ojos al cielo para implorarle, como si no fuera azul también la mirada, se pierden del cielo ofrecido a los mortales por esta conjunción de tiempo y espacio que es el presente divino. Cuando llega la medianoche, cantada por un íngrimo campanazo de la iglesia de Cristo Reina, reforzado por el pito del celador y el perceptible susurro de la circulación de la electricidad por los cables, siento el espíritu de Swedenborg bajando del estante a invadir el estudio y las aurículas de mi alma, tan dada a vivir sin descanso esta vida llena de vidas. Hay muchos mundos pero están en este, apuntó Paul Eluard. Llegué a pensar que para escribir como Dios manda y enriquecer la Biblia que es la Palabra, había que llenarse de Joyce los pulmones y las concavidades de Kafka, y escudarse en la heráldica de Durrell, y empaparse de las picardías de Nabokov, y continuar la saga erótica de ese valiente hijo de sastre que es Henry Miller. Pero desde que caí en manos de este visionario chueco Del Cielo y el Infierno que es Swedenborg, mi conciencia de las palabras y de lo que a ellas puede hacerse decir dio un giro de circunferencia y media con escala en el cuadrado de la distancia. Desde entonces me instalé en las casillas angélicas y me familiaricé con las costumbres de estas aladas entidades invisibles que sólo algunos ojos llegan a entrever al trasluz con una pequeña ayuda de ellas mismas ansiosas de aparecer a quien las merece. Que me corten una mano y con seguridad que me renacerá enseguida si sigo de la mano del ángel que me lleva de la mano por el mundo de la escritura. ¿No escribo como un ángel, doctores poco angélicos, como tan poco acostumbrados a la pluma del ángel? Aunque ya les enseñaré que no son plumas, ni son alas –ni son jorobas en la sombra como aventurara Cocteau–, sino figuras tal cual las de carne y hueso, en ocasiones capaces de fingir pasiones humanas. Díganme a mí, arropado por su plumón de caricias, puesto de rodillas en su homenaje, aleccionado por sus salves gloriosas que ventean del este del paraíso al oeste de las ventanas de mis oídos, engreído por el ego del bien que debe ser más una falta faltorum, que una virtud teologal consagrada. Nací bueno, como todos los hijos de Juan Jacobo Rouseau, pero la sociedad se encargó de hacerme mejor y más malo. No tuve cuna de satín ni empaque de noble, ni hubo señales particulares en el cielo desfondado de la casa de las agujas. Nací por gestiones de Sagitario con ascendente en Géminis en el solsticio de verano, asistido por una comadrona invencible que me regaló mi primera copa de plata. Padre expectante no sabía qué iba a ser de mi vida, la de este intruso mayor en la cama de la pareja, él, que se demoraba un saco y un pantalón por semana, cuando había cliente. Comeremos del mismo plato, decidiría comenzando a considerar la familia como un solo cuerpo dual al que le iban saliendo bocas, como en realidad le salieron ocho. Éste es mi hijo amado, en quien buscaré complacerme. Para que se convierta en un hombre de mundo, de esos que no se dejan sacar del puesto, astuto como serpiente y manso como paloma, no daré paz a mi mano con las tijeras, ni con los pies a los pedales, ni a la casa con las agujas. Vivirá, dijo la partera dándome una palmada en la nalga izquierda, que me hizo soltar un llanto alborozado del que la familia conserva vivo recuerdo. Un nuevo ser había despuntado sobre la existencia terrestre, a engrosar el género humano, de piel blanca y ojos oscuros, de apellidos Arbeláez Ramos, de clase media baja en casa alquilada, en Cali, Colombia, carrera 4 número 20-60, barrio San Nicolás. Ningún paraíso terrenal, por entonces.

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