El cielo para mí solo (1)

Agosto 16, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Los ángeles que tendría destinados conocer en el cielo ya los he disfrutado en la tierra. Desde antes de que me llegara el Señor a través de la respiración y de la enseñanza, comencé a tratarme de tú a tú con sus mensajeros. Ellos me han develado el Reino paso por paso. Y me han hecho un adelanto del sublime ardor. Incluso estoy saturado con los atisbos de la visión beatífica. No sé por qué me fue dada la bienaventuranza previa. Vergüenza me debería dar con la desamparada criatura humana, tan urgida de reivindicaciones y redenciones. Desde muy temprano me metí donde nadie me había llamado, a través de los libros sacros y la comunión con las milagrosas sustancias de la química y el laboratorio. Tuve la gracia de conocer desde joven a jóvenes que no eran otra persona que el mismo ángel caído tratando de levantarse y supe, si no desde el principio por lo menos antes del fin, aplastarles la cabeza contra una piedra. Caí en todas sus tentaciones y de ellas me levanté como alma que salva el ángel. Alguien llevaba mi mano y no dudo que era por obra de la mano poderosa que creó el mundo. Alabanza, alabanza en la tierra y en el aire y en el agua y en el fuego, sitios por donde he danzado la danza de los profetas. La divina Providencia se ha pasado de generosa conmigo y nada hasta el momento le he dado a cambio. Cantando bajo la lluvia he chapoteado en la superficie de este planeta y aspirado la atmósfera viciada del porro que enciendo con una antorcha. Todos mis sentidos se han incendiado y era bueno el incendio de mis sentidos. La música de las esferas ha sonado en mi tocadiscos. Me alimenta y me llena el olor del pan saliendo del horno. Con la piel de mi lengua saboreo otras pieles deliciosas como licores. Tan maravillosas como las nubes que pasan por sobre este extranjero baudeleriano, son las ramas de las matas del ingreso de mi edificio, cuando el piloto automático que me guía –al que otros llaman el ángel de la guarda que me protege– pone a girar la sola llave maestra de mi llavero. El ascensor me sube de las mechas a mi habitáculo, haciéndome recordar a Elías en su silla de fuego. Enciendo las luces de la estancia y refulge un techo estrellado. Los cuadros de las paredes figurativas estallan en aplausos porque he llegado libre de todo mal y peligro. Encuentro a mi mujer sumida en el sueño que es otra forma de paraíso, cuando no entro a molestarla con mi mano de pesadillas. “Cuando llegue a casa hoy a la noche la voy a abrazar fuerte, la voy a amar hasta que las velas no ardan.” Pero he llegado más espiritual que sensual, lo que no se excluye. Mi mujer estará la noche de los tiempos en esta cama, mas no quiero perderme de estar primero con el espíritu de la noche, que se me escapa. Me encierro en la crepitante biblioteca y comienzan a mostrárseme en el silencio los autores de cada libro, sobre todo los canónicos que son escritos por tantos y los apócrifos, que son escritos por otros tantos pero farsantes –según quienes dieron su aprobación a los iniciales–, mientras el equipo destila, instrumento por instrumento y nota por nota, la música enrocada de unos caballeros del Imperio Británico, enviados por la cúpula celeste a apaciguar a los pecadores. La chica con ojos de calidoscopio, Lucy en el cielo con diamantes, la sabiduría dosificada, la santa droga. Siento como si me llegara una esquela retrasada de Timothy Leary. Morning glory. Las puertas de la percepción deben ser abiertas en casa. No voy a afirmar que la visión de la luz divina es la de mil soles, eso fue lo que vieron los japoneses de Hiroshima sobre la Plaza de la Paz. El rostro del Señor es luz congelada que en ninguna parte refleja, una luz que no deja ver, porque en medio de tal luz no hay nada qué ver.

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