El can-can

Febrero 22, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En un sueño cualquier cosa puede pasar, me dije en el sueño, puesto que estaba dormido, no cabía duda, dado que sentía el cuerpo desnudo. Dormido y todo estaba despierto en el sueño, y en la oscuridad estiré la mano a mi izquierda a ver si encontraba la pierna de mi compañera. No encontré una sino dos, pero como eran dos piernas derechas no tenían bisagra que las uniera. Podemos bailar para ti, me dijeron con no sé qué boca, desde debajo de la cobija. Pues procedan, atiné a responder, con una cuerda de voz que me rodeó la garganta.Las dos piernas derechas incluida la ingle de cada una, con media negra de rombos hasta la mitad del muslo y liguero, se empeñaron en un can-can que se encendió en la Tv. donde fueron a dar las libertinas extremidades para aprovechar la luz de los focos. La una tenía una zapatilla mostaza de tacón puntilla y la otra una mediabota italiana con el logotipo de la Segunda Guerra Mundial. Cada una danzaba por su lado, a cual más desacompasada. Pero la culpa era de la banda sonora, que por un bafle emitía el Galop infernal de Offenbach y por otro La viuda alegre de Franz Lehár. Mientras la de la zapatilla hacía la patada alta la otra ejecutaba el rod de jambe moviendo la pantorrilla con la rodilla levantada; mientras la de la mediabota se empeñaba en el pont d’armes girando mientras se verticalizaba con el tobillo la otra aplicaba el grand écart, en medio de gritos, chiflidos y trinos de la platea. Buscaban excitarme, tal como yo se los reclamaba, naturalmente, con ese ritmo escandaloso que se bailaba en el cabaret Bal Tabian de París sin ropa interior en los años 20, por parte de las famosas coristas La Goulue y Jane Avril, dueñas de cada una de esas portentosas piernas derechas que reemplazaban a mi esposa volatilizada en la soñarrera. Pero ¿qué pasaría si lograban el objetivo de ponerme en ascuas, y se hiciera imperioso el acto por el que fui expulsado del paraíso en la primera encarnación de la que me acuerde? Eva se me acercó pelándome la manzana y me dijo comé, vé. Y yo comí. Y en la última encarnación vine a dar a Cali, donde me volví escritor, y cada vez que publico algo las sabandijas que espanté en el edén escriben para insultarme. Mi rompecabezas era que dos piernas derechas eran imposibles de armar para ser interesadas en lo amoroso y cada pierna tomó asiento en cada uno de mis muslos -que depilé mientras cancaneaban-, trasladado a la silla reclinomática. Siempre quise andar a tu lado, me dijo la de La Goulue, para indicarte el camino. Y yo para desviarte, afirmó la de Jane Avril, porque sólo los que se desvían encuentran el atajo que ha de hacerles llegar antes de los que toman el recto sendero. Al escuchar la referencia de Lao-Tse puse cada mano en cada rodilla, cerré los ojos, y emprendí una meditación que me puso de nuevo en el Tibet, único lugar de la tierra que he visitado donde no hice el amor. Y oí la voz del maestro perfecto que me dijo que las piernas que tenía sobre las mías eran las de la comodidad y el capricho, los peores enemigos del hombre camino de ese nirvana que ya tenía de un cachito. Entonces, en un gesto que no se compadece con mis costumbres, me sacudí de las piernas del entusiasmo gritándoles retírense satanases, por lo que la emprendieron a patadas en mi trasero, siguiendo los mismos pases de baile que acababan de regalarme, cubriéndome de hematomas y cardenales. Al amanecer, cuando mi mujer retornó del trabajo, me cuestionó por esas vergonzosas señales, y yo, sin saber si continuaba dormido o ya estaba despierto, ignoro si le contesté que era los estigmas del Cristo en que me había convertido, o si eran las heridas del alma que se me iba. La pesadilla se reinició en el sofá.

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