El blanco de su camisa

El blanco de su camisa

Agosto 26, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En este país, donde se le da bala al que no tiene dientes, nos especializamos en hacer solemnes homenajes, para que en nuestro pecho se acallen los ecos de los disparos. De esta manera, si no resucitamos al muerto, por lo menos aire le damos en nuestro corazón apesadumbrado. Las últimas tres cajas de Jaime Garzón: su caja de dientes, su caja de embolar y la caja en que terminó, serán como fetiches donde se conservará el salvajismo de que venimos haciendo gala a lo largo de medio siglo.Nadie me lo va a creer, pero a pesar de todo lo que nos dio de reír hasta que le suspendieron el servicio de respirar, Garzón fue uno de los hombres más serios de Colombia. Nunca fue gratuito su humor, y cada uno de sus chistes era una queja y una denuncia de Colombia a sus ofensores a través de sus personajes. Él tenía un proyecto de vida donde cabía la fraternidad a través de la tolerancia. Su desfachatez le abrió paso por entre las alambradas. Todos, hasta quienes le odiaron, se sintieron salpicados por su gesto de gracia condescendiente.Si bien nunca fue un hombre de acero en vida, por lo menos después de muerto se hizo de bronce. Más vaciado que nunca, y a tamaño natural, entró a obstaculizar el espacio público con dos esculturas monumentales concebidas y realizadas por el artista Alejandro Hernández. Una como Jaime Garzón el embanderado, donde fue ejecutado, y la otra como su otro yo lustrabotas, como Heriberto, en los prados de la Gobernación de Cundinamarca. En la vía pública a la intemperie, para siempre, o hasta que resuelvan atentar con bomba o metralla contra la efigie del lustrabotas y su caja, continuará nuestro amigo estatua tratando de ‘pulir’ una realidad embarrada de la que no logramos escapar por más que corramos.Los que mataron a Heriberto ya no van a caber en sus zapatos empozados de sangre. Por el andén que anden irán dejando la huella fresca de su crimen. Nunca un embolador le dio tanto lustre a su patria, ni tuvo tanto roce con embajadores, generales, presidentes, ministros, reinas de belleza, pueblo raso, hasta su último topetazo con el poste de remate que lo esperaba. Los personajes importantes le acercaban su par de ‘pinrieles’ sucios para que les sacudiera hasta el alma. Y lo hacía gratis el condenado, para que no lo fueran a acusar de recibir la partija.¿Era Garzón un loco, un suicida, un esquizofrénico, tenía la personalidad dividida? El hombre más gracioso de Colombia se dio el lujo patético de andar durante sus últimos días sudoroso como un condenado a muerte, contándoselo a sus amigos del alma que se le iba. Cuenta Yamid Amat que el día del lanzamiento del Premio de Paz que crearon los comunicadores, en la Academia de la Lengua, dijo con la misma lengua que le hicieron tragar los sicarios: “Lástima que no me lo voy a poder ganar porque me van a matar”. No sé a quién se lo dieron, pero se lo debieron dar a él, in artículo mortis. Porque más que querer ganar el premio de paz, su premio era lograr la paz. A eso se apuntó descuidando el humor, y el día que se lo quemaron sólo vio el humo. Permitieron piadosos sus victimarios que el último sonido que escuchara el muerto inminente fuera el de su santo nombre.Cuando iba a llegar a la Avenida La Esperanza oyó que lo llamaban de acoso: ¡Jaime! Y en lugar de hacerse el loco volteó a mirar a la cara a sus asesinos. Fue el único en reconocerlos. ¡Diablos! Y hasta allí llegó el blanco de su camisa.

VER COMENTARIOS
Columnistas