El arte de pedirlo (1)

Octubre 01, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Desde que el mundo es mundo -si es que aceptamos que lo sea, o por lo menos desde que están en él las criaturas-, el rey de la creación, como fue concebido por el bardo del Pentateuco, ya fuere por instinto de procreación o afán de recreación, se preocupó por inspeccionar y rellenar el inquietante agujero que oculta entre sus piernas su compañera, sitio que un poeta sutil calificó como “la rosa entreabierta”. Esto nos lo cuenta la prehistoria a través de sus exegetas, los caricaturistas modernos, con exageración que está por medirse.El hombre de las cavernas tenía sus maneras, a pesar de su falta de tacto. Con el garrote faloforme entontaba a su virtual concubina, luego la tomaba del pelo y la arrastraba a la cueva o el pedregal donde, despojándose de sus pieles, saciaba sus instintos hasta que la hembra despertaba a querer poner de su parte. Lo que no hacía ya ninguna gracia al cavernícola en hartazgo, ahora solo interesado en empuñar su garrote para salir a cobrar una nueva pieza. Práctica la mejor por su condición instintiva pero que, lamentablemente, con la invención de la cama y el amor cortés, vino a entrar en desuso, y ni tanto, porque desde la entronización del feminismo las trogloditas han devenido a ser ellas. Si no me creen, mírenme este chichón en la frente.Para que pudiera asumir los desafíos de la carne desde mediados del Siglo XX en una provincia de tierra caliente (Cali, capital sensual de Colombia, como Alejandría del recuerdo), y más si viajaba a la capital en busca de oportunidades de “hacer la vida”, la tía Adelfa –que era esposa de un putañero, famoso por su diente y falo de oro– me enseñó las condiciones sacramentales para ser un buen seductor, que en ese tiempo todavía se llamaba conquistador: nadar, bailar y montar en bicicleta. (Hoy serían surfear, chatear y snifar.)Para la hora señalada había que vestir bien, pues el que viste mal se desviste peor, como rezaba el aviso de la sastrería de papá. Y en este asunto de trapos siempre estuve igualmente bien provisto, por cuanto con el excedente de los cortes de paño de los clientes mi ufano progenitor me confeccionaba pantalón o chaqueta. Lo que la tía en mención no me mencionó fue la enjundiosa palabrería. Lo que yo debería decir y en qué tono -porque la frase cambia según la entonación y el gesto que la acompañan-, para que me lo dieran, o concedieran, amén de un beso. Eso se presentará según las circunstancias, se limitó en su cartilla. La situación irá propiciando los términos. Y toda oportunidad es distinta. Pero te irá mejor mientras menos explícito seas.Me suscribí a la literatura a ver si encontraba las palabras que procuraran el acceso al misterioso agujero. Por lo menos al principal. A este propósito, encontré subrayada en el libro Sartre y Beauvoir. La historia de una pareja (Lumen) esta dichosa frase: “Sartre, el futuro existencialista, había tomado una decisión existencialista fundamental. Si no podía seducir a las mujeres por su atractivo físico, las seduciría con las palabras, les mots”. Había que ver que en las novelas los protagonistas terminaban tirando de un momento a otro sin que mediare la petición. Devoré todos los tratados, desde ‘El arte de amar’ de Ovidio hasta el de Erich Fromm, desde ‘El Satiricón’ de Petronio hasta ‘El almuerzo desnudo’ de Burroughs, desde ‘La venta empieza cuando el cliente dice no’ de Laterman y Sagarin hasta ‘El sí de las niñas’ de Moratín. Y lo mejor que vine a encontrar fue una atinada solicitud al respecto en la Biblia de mi abuela, en las primeras líneas de El Cantar de los Cantares, en la pluma rijosa de Salomón. La paradoja es que quien lo pide es la Sulamita: “Ah, si me besaras con besos de tu boca, porque mejores son tus caricias que el vino. Hazme del todo tuya, ¡date prisa! Atráeme, Señor, a tu alcoba”.

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