El amoroso antropófago

El amoroso antropófago

Mayo 03, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

A quién no le ha provocado comerse físicamente lo que más quiere. De allí que el verbo alimenticio se haya convertido en un eufemismo para designar el acto carnal. Podéis comer de cualquier fruto del jardín menos del fruto de este árbol, dijo el Señor señalando a Eva. Y fue lo primero que se comieron.Los habitantes del mundo se debaten en la disyuntiva de comer o ser comidos, no importa el sexo. Se sabe que el pez grande se come al pez chico, pero no siempre. La comida del lobo a Caperucita se sigue prestando a equívocos. Comer como las bestias es lo único que no merecería un castigo, escribía Eduardo Escobar cuando tenía muelas. Nada que me nutra, solía contestar yo a la pregunta de que qué quería comer. En el país de los hornos crematorios, donde no escasea la comida, hace unos pocos años, recuerden, un curioso gourmet tuvo la idea de solicitar a través de internet presas humanas para su consumo. El aviso decía: “Ven a mí y me comeré tu carne deliciosa”. Y allá fue a dar un parroquiano con ganas de ser comido. Cuando supo que el anunciante no se andaba con maricadas, sino que iba a terminar en el microondas, se sintió aún más realizado. De todas maneras había pensado en suicidarse, era bisexual frustrado por ambos frentes, y le propuso al insólito comensal que lo dejara participar del banquete donde él iba a ser el plato. “Espero que me encuentres sabroso”, le dijo en una declaración que significa la máxima entrega. Sin pensarlo dos veces, el llamado ‘caníbal de Rotemburgo’ cercenó con el cuchillo de cocina el pene del voluntario, lo puso a freír en la sartén y lo sirvió para ser consumido a la manera del salchichón o el perro caliente, en rodajas, con mayonesa.¿Hasta dónde habrá llegado a participar el sacrificado de ésta su última cena? Tal vez hasta saborear sus glúteos asados, masticar sus orejas tostadas, degustar su propia lengua al vino, antes de que el gentil carnicero se decidiera a ultimarlo con cuchillos de distintas formas y tamaños, mientras seguían brindando con más vino y tomando pepas. Para que en caso de que se descubriera el festín macabro no fuera a malinterpretarse, el hambriento victimario grabó toda la sesión culinaria con su cámara de video, donde quedó consignado que el hombre plato no sólo aceptaba sino que deseaba fervientemente la muerte, lo que convertiría este asesinato en un piadoso caso de eutanasia. Y como en ninguna parte del mundo el canibalismo es delito, pues parece que el monstruo va para afuera, donde se le quedaron sin comer 245 personas que respondieron el anuncio. Más el joven batracio con apetitosas ancas de rana que descubrió el aviso a la policía.Pero si hay aberrados sexuales que practican el garrote para sus satisfacciones extremas, a muchos kilómetros de allí había otro personaje viviendo placeres tanto más plenos, utilizando tan sólo la zanahoria. Es Hugh Heffner, el fundador de Playboy, quien en sus entonces 77 años se daba una vida hiperactiva con 7 conejitas, una para cada día de la semana, en una lujosa mansión a prueba de voyeristas. A todas se las comía, en el buen sentido de la palabra, sin necesidad de condón porque no las presta y todas han pasado la prueba del sida, aunque a veces se aparezcan por allí a bañarse en la piscina, peligrosos personajes como Jack Nicholson, Leonardo de Caprio y Cameron Díaz.Si no es delito la antropofagia y tampoco tan insolente poligamia -ya no entre las tribus del África sino en Alemania y en los Estados Unidos-, quiere decir que ya los extremistas sexuales mandan la parada. Y que en vez de amarse, como ordena el versículo bíblico, lo que hay que hacer ahora es comerse los unos a los otros. En todos los sentidos de la palabra.

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