El amor imposible

Enero 10, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como desde que me volví espiritual ya no trato temas políticos ni me involucro en broncas poéticas, y como ya no tengo por qué salir a ganarme la vida puesto que la pensión me permite sentarme como el sabio del sillón sombrío a sorberme los libros de mi biblioteca con el mismo pitillo del bloody mary, disimulo mis ocios ante mi señora adoptando aires de filósofo patafísico adquiridos de mis vagos maestros, para relajarme y relajar a mis fieles lectores. La espiritualidad de la que me jacto no me impide tratar temas como el amor y el sexo. Ya es hora de que Cali asuma un orientador en las artes del erotismo, que ahonde un poco más acá pero con más veras, que el entrañable novelista Hernán Hoyos, cuyos tomos de ingenua pornografía impulsados por el sano de Pardo Llada, fueron la sucursal más higiénica de la zona de tolerancia. Al revivir una vieja polémica acepto que el corazón pueda ser el órgano del amor –según aporía de los poetas– pero no de la pasión sexual que si en veces de él deriva, en lo esencial proviene del deseo per se, que a veces ni siquiera tiene que ver con los rasgos estéticos ni espirituales de la prospecta. Y hay que tener en cuenta, corazón mío, que como órgano del amor también entran en la pelea, según postulaciones cientificistas, el hígado, el cerebro y hasta el estómago. Acepto que el corazón es un celestino colaborador en el himeneo, por aquello del bombeo sanguíneo para insuflar la córpora cavernosa y así satisfacer la concavidad receptiva. Lo que allí entra es la sensación lúbrica y no el sentimiento amorígeno, que se satisface con el besito con lengua. El verdadero órgano del sexo es el órgano, como su nombre lo indica. Lleva el nombre por excelencia. Así se lo denomine con palabras feas, excepción hecha de “el bonito”. De modo, señores enamorados, que vuelvan a barajar sus declaraciones: te adoro con todo mi cerebro, me has roto el hígado, me caes bien al estómago. Pero cuando de hacer el amor se trata, la consigna es, como en el chiste célebre, para exaltar al orgiástico protagonista: “Organicémonos”. El término “hacer el amor”, pues, no tiene sentido. El amor se siente, se goza o se padece, no se hace. Lo que se hace es el sexo, aunque el amor ande por allí metido. Porque el amor es un sentimiento abstracto y el copular un acto concreto. Sin pretender tirármeles el acto sublime a los enamorados, mis estudios en sexología profunda me llevan a la conclusión de que el misógino –la mayoría de los cuales misóginos ni conocen esta palabra–, más placer va a obtener en su relación con las féminas, por cuanto el placer recibido provendrá de la ‘entrega’, prácticamente de un consentimiento en el sacrificio. Nada es más exultante para aquellos rijosos varones de mundo para quienes el amor no tiene nada que ver, que escuchar el grito, entre más alto y destemplado mejor, de ¡ayayay!, frente a su embestida de chivo.Cuando el amor participa en el correteo sexual es posible que se divinice el orgasmo. Pero con la supresión del impajaritable cosquilleo que acompaña al contacto mórbido -esto es, no contaminado de sentimientos platónicos-, se pierde la culminación en ese éxtasis ardoroso que tan sólo se podría comparar con el ‘fuego eterno’.Muchos enamorados aseguran que llegan a ver a Dios en su orgasmo, pero no me parece que en ese momento sea la compañía más apropiada, muy mucho menos para Él, a quien se pone prácticamente en trace de voyerista. De lo que se deduce que ese ser supremo que creen ver en el instante supremo no es más que el diablo. No lo digo por estudios de alta teología ni de honda sexología, sino por elemental experiencia. Y es el único momento de la vida eterna en que el diablo pajuelo se vuelve bueno.

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