El abrazo al enemigo

El abrazo al enemigo

Febrero 26, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Se dice que no hay ser más desventurado que aquel que nunca tuvo un amigo. Que es como si no hubiera existido. Como si no hubiera compartido el terruño, así hubiere tenido amores, que son cosa muy diferente. Y también que es fatídico tener enemigos. Esto seguramente entre peligrosos bandidos, o políticos, que no se paran en pelitos para cobrar una ofensa, o una envidia. Entre los escritores se suele tomar por enemigos a los rivales. No hay tal. Estos son utilísimos para tratar de destacarse, de lucirse, para apagarlos, para dejarlos en la arena tendidos. Son aliciente o acicate. Podría decirse, retorciendo el lugar común, que con enemigos así, para qué amigos.

Ni siquiera en la guerra los contrincantes son enemigos. No hay una carga de odio en los tanques ni en los fusiles. Se marcha al frente ciego, a cumplir con el deber que le imponen otros. O se dispara por la paga, sean paramilitares o mercenarios. Sin embargo, hace algunos años que comencé a entender esto, me expresaba distinto, tal vez por influencias del zen. Aún no sabía si era mejor comportarme como los sabios de la montaña, o como los siete samurai.

No hay peor palabra en la vida que la palabra enemigo. De esa palabra nace la enemistad como sentimiento y surge el enemigo como persona. El enemigo se nutre del rencor y de la mala jugada, ni siquiera del enfrentamiento como rigurosa y necesaria pulsión de fuerzas. Todos necesitamos tener contradictores espadachines. Así templa uno el toledo de su cobardía. Que consiste en ser incapaz de matar a nadie. Uno puede luchar toda la vida amistosamente, y nutrirse de ese combate. El enemigo sería entonces una especie de amante al revés, a quien uno le consagra lo mejor de sus fuerzas.

La enemistad es capaz de romper el saco que la riqueza no llena. Se llega a considerar al enemigo indigno de participar con uno en el pastel que se ha de partir. Lo que el enemigo mastique es manjar que pierde tu muela. Y casi siempre es enemigo porque quiere comer de tu misma mesa.

El hecho de uno tener un enemigo lo rebaja al mínimo nivel de conciencia. Por más que uno tenga un millón de amigos, el que cobra la taquilla es el enemigo. El enemigo es aquel que no te deja dormir porque apenas te duermes empieza a malograr tu sueño. Y es un sueño donde llevas todas las de perder porque el enemigo es tu huésped. Tú no puedes acabar con tu enemigo ni en sueños. El enemigo es la revancha de lo peor de ti contra lo que te queda de bueno.

Uno no solo tiene los enemigos que merece sino los enemigos que lo merecen a uno. Y mientras uno juegue con las mismas armas del enemigo, el enemigo es apenas el resorte de las mutuas ambiciones. Muchas personas en la vida nunca hacen nada sino para emular a quienes las confrontan u ofenden. En muchos casos, el papel del enemigo es el de impulsor de los triunfos del enemigo.

Matar al enemigo es peor que matarse y solo comparable a que lo mate él a uno. El asesinato, que es la primera secuela de la hermandad, no tiene justificación por más que azuce desde el suelo la quijada del otro hermano burro que mató a Abel. El enemigo es un hermano que nació zurdo para uno. Muchos se paran sobre los hombros del enemigo y logran una notoriedad que les sería imposible montados sobre su sombra. El enemigo es un aliado que se destiñó en el contrato. De cada triunfo que uno cosecha la mitad es del enemigo.

Del millón de enemigos que a veces quise tener solo me queda Roberto Carlos. No porque deteste su música, sino porque siempre suena en la casa de mi enemigo. Si tenemos el mismo gusto -no el mejor por lo visto-, antes del exterminio deberíamos cruzar las paces, aprovechando la paz que vino.

Deseo a mi enemigo todos los triunfos que le quito. Todas las fuerzas de mi alma no me dan para sostener enemigos.

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