Días que pasan

Días que pasan

Abril 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como el doctor Llorente me ha recomendado -además de goticas homeopáticas- caminar unos kilómetros diarios para conservar el corazón joven, eliminar triglicéridos y bajar el ácido úrico para que la gota no vuelva a caerme con su carga dolorosa sobre el dedo gordo del pie, luego de trotar en sudadera 20 minutos en el jardín de mi casa, de un tinazo aromático, de vestir mi primaveral chaqueta y besar a mis hijos, acostumbro salir de paseo hacia la Avenida Chile y, tras hacer escala en la librería ArteLetra, continúo hacia el centro Granahorrar atravesando la Séptima por la cebra, adquiero grabaciones exclusivas de cantos gregorianos y de gospel y jazz y soul y rock para ambientar la saga providencial que adelanto, y termino ingresando en la Porciúncula, iglesia presidida por un monumento a San Francisco en trance de levitación, donde dejo inundar mis fosas nasales por un incienso macho de la mejor cosecha que recorre la pesadumbre de sus naves ensombrecidas.No entro a orar, no se asusten, ni a elevar una rogativa ni a pedir un milagro, que ya todos me los ha hecho la vida y ahora el milagroso soy yo; entro a mirar la faz de los santos en sus nichos iluminados y la tez de las damas en sus bancas oscuras. Tomo apuntes mentales de esa contemplación que me servirá para describir personajes, todos con un halo de divina ebriedad y tardío arrepentimiento. Aquí se casó Elmo Valencia de 61 años con Lineth Afrodita de 16, hace 22, él de esmoquin y cubilete y ella de blanco impoluto, ante las corales angélicas y la televisión en colores. El sacerdote le habría preguntado a la novia en el confesionario si estaba segura de que el pretendiente le cumpliría, y ella le contestó oronda que le venía cumpliendo desde hacia años. Las beatas cuchicheaban que debía tratarse de una telenovela, donde el vejancón sería multimillonario. Ya nadie se casaba por el ritual -a raíz de las prédicas anticlericales del nadaísmo- y el Monje Loco resolvió seguir contra la corriente, como ha sucedido con algunos otros que hemos vuelto a Cristo los ojos. Ahora que veo al franciscano pasar portando el cepillo, me acuerdo también de hace más de 15 años, cuando una amiga lejana me llamó para informarme que se estaba extinguiendo de sida, que me practicara el examen. A lo sumo nos habíamos cruzado un beso profundo hacía unos meses. Entré en pánico pues acababa de empreñar a mi nueva novia y había decidido por primera vez encarar la paternidad. Presenté mi brazo en el laboratorio y cuando me dieron el resultado en sobre cerrado no me sentí capaz de abrirlo. Marché a la Porciúncula, pedí hablar con el párroco y le conté de mi angustia, rogándole que fuera él quien abriera el sobre, encomendándome a Dios. Me aconsejó esperar a mañana, pues antes lo sometería a una sesión de oración. Al día siguiente me esperaba en la sacristía, sacó el resultado y me miró con el rostro radiante mientras decía: “Dios te ama, estás sano, eres salvo”. Caí de rodillas diciendo: “Y yo amo a Dios”. Salí saltando. Compré un litro de whisky y lo compartí a pico de botella con todos los desechables que encontré. Llegué a la casa que acababa de adquirir y encontré a mi novia acomodando el trasteo. Al otro día nos traerían el auto. En Cartagena acababa de arrasar con los premios publicitarios y en la agencia me doblaron el sueldo. El bebé sería niña. Me arrodillé en el jardín y ante una rosa roja me juré no volver a mencionar en vano el nombre de Dios. En la oportunidad que cuento, y dada la felicidad por semejante salvada, se me olvidó dar la limosna a la iglesia. En este momento eché lo que me pagaron por el libro donde apareció este escrito, con todo y billetera, en el cepillo que se perdió entre los santos.

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