Despedida

Octubre 26, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Es curioso que un solo artefacto, el pañuelo, involucre dos acciones tan lejanas como lo prosaico y lo poético: la sonada de la nariz y el ademán de la despedida. Esta última función consta de dos actos: el agite de las alas de trapo en el aire de las palomas y el secado de la furtiva por lo que dejamos atrás y quizás ya nunca recuperemos. Para empezar, me despido de mi pañuelo.Adiós a los amigos cómplices en la reinvención del mundo a imagen y semejanza de nuestro sueño, tan ignorantes de que la farsa de la realidad sería la pesadilla despertadora. Adiós a las amantes en quienes descubrí que el ala prohibida del jardín de los cielos húmedos estaba en su interior si uno tenía la paciencia de hurgarlas con un palito.Adiós a la madre que en la ciudad natal continúa contando los botones que cayeron de mis camisas para coserlos en las camisas de sus nietos, y a la hermanita que pega con engrudo en el álbum de la familia los recortes de mis últimas ascensiones tan parecidas a derrumbes.Adiós a los compañeros de escritorio sobre el cual, a golpes de imaginación y tecla, pellizcamos el pan de la vida y empujamos el carro que habría de dejarnos en la meta de una madurez vacunada de sobresaltos.Adiós a los campos minados de flores y picados por las gallinas donde nunca posé los pies, pero tuve el cuidado de observarlos para cantarles desde la ventanilla del jet.Adiós a los libros que me pusieron a vivir mil vidas en el mismo cuarto y me trajeron noticias de universos remotos como ovnis impulsados por el magneto de la palabra.Adiós a los cuadros que se colgaron de mis ojos en los clavos de los museos o que amigos oleaginosos trajeron como un don para vestir mis muros.Adiós a los conciertos que me informaron que sólo por la música se justifica el paso del hombre por las aceras de este mundo de paredes llenas de oídos, pero sordas como una tapia.Adiós a mi ropero repleto de pantalones de bota ancha, camisas hawaianas, chaquetas de motociclista zen, zapatos combinados, sombreros de tres puntas, gabardinas bogartianas y bufandas bufas. Adiós a todos esos países recorridos por mis sandalias, donde el sol llega a distinta hora con su porción de calor debajo del brazo para que los hombres hagamos el amor o la guerra según la moda de la temporada.Adiós a las emociones deportivas que me impulsaron a ponerme los tenis frente al televisor para hurrar las únicas victorias cantables de la patria en otros estadios.Adiós a la poesía que fue la columna vertebral que me permitió mantenerme en pie sobre el esqueleto atento a la belleza para pulir el alma y a la injusticia para pegarle con un palo.Adiós a los editores que se quedaron esperando mi obra maestra para darles el puntillazo a los premios Nóbel. Adiós a los bares de sonrientes rones. A las pistas de baile donde tanto se dispersaron los marcapasos de mis zapatillas. Y a los burdeles de ronroneantes pelirrojas de plastilina.Esta no es una despedida del mundo por un inminente suicidio o porque estén por liquidarme, señor juez. Ni una despedida del cargo que ocupé durante media vida en una oficina, ni porque tenga que marchar al exilio. Es una despedida de soltero. Me caso.P.D. Este fue mi discurso de despedida de soltero, pronunciado en San Andrés, en la fiesta de tres días que me celebraron Simón González, Samuel Ceballos y otros amigos hace 14 años. A consecuencia de tan dilatada ceremonia, al día siguiente, en la ceremonia pagana que celebraba el brujo Pepa con acompañamiento de The Rebels, para fortuna de todos la novia dijo no, ante el aplauso de las percantas del quilombo, que reanudaron la fiesta. Por eso continuaré soltero hasta el fin de mis días, al lado de mi eterna prometida, que sigue sin dar el brazo a torcer.

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