De fiesta de cumpleaños

Diciembre 02, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cumplí años sobre mis dos pies bien plantados sobre la tierra firme. Me consuela que también los cumplió el planeta y todo lo que contiene. Tienen un año más mi casa, mi ropa, mis libros, mi pasaporte, los hijos de mis besos, el anillo de mi señora. Por donde paso la vista es otoño, sobre todo sobre las hojas del samán del vecino y en las ojeras de la ventera que en la esquina pregona con el dedo sus aguacates. Simón Vélez me cantaba hace poco en una cena vinícola que si hubiera sabido que la vejez era tan agradable se hubiera apresurado a llegar a ella. Aunque Eduardo Escobar insiste en que es una maldición peor que todas las que nos echaron cuando nacimos. Me siento en esa franja que podría denominarse, sin ambages ni eufemismos, la tercera juventud. Aquella en que uno sigue recibiendo con tiento de los dones del cuerpo que no dan tregua. Trituro bien los alimentos con las muelas calzadas, me acuerdo de todas las personas que he conocido e incluso de todos los personajes de las novelas, uno por uno, comenzando por los ciento y pico del doctor Zhivago. Entro en los 74, superando los 73 en que entregó su barba Walt Whitman, el cantor del novio y la novia, y aquí sigo, sentado ante los poemas que no dan tregua, que manan inextinguibles desde la fuente.Es posible que ya no tenga en cada puerta un amor, pero el paraíso se abre en cada una de las puertas de mi casa. Tras dos están Salomé y Salvador aplicados sobre sus tesis, tras otra mi mujer picándome el ojo, tras otra los licores con mucho hielo, y tras todas los volúmenes que trepan por las paredes. Voy de homenaje en homenaje, como los candidatos a la presidencia del más allá, por el correo electrónico me llueven los parabienes, tengo una editora que es una beldad que todo lo puede. Bien o mal, he cumplido, escribió mi colega Gonzalo Arango y tres cuadras más allá estaba cuadrando caja. Para quejarme tendría que estar muerto, dijo también el profeta cuando llegó al cementerio, y esa frase la dejamos como epitafio.Voy a celebrarme esta resistencia en la tierra viajando con los míos a Cuba, de donde infiero que nacerá la paz de Colombia. Al amparo del poeta Álex Pausides y de su mujer Aitana, la hija de Alberti. De Miguel Barnett, Nancy Morejón, Pablo Armando Fernández. Me esperan en la Casa de las Américas, en la Uneac, en Santa Clara, en el Centro Dulce María Loynaz y en La Casa del Alba, donde lanzaré el libro poema que le dediqué a mi primer amor Marlén cuando clavó pico, Mi crucifixión rosada, y el manifiesto de los nadaístas sobrevivientes comprometidos con la paz de los vivos y titulado A la mierda con la guerra. Creo que más que reunirme con la delegación de la mesa lo haré con las ballenas varadas de Varadero.Me invitaron a la Casa de la Cultura de Sevilla a hacer evocación y desagravio de cuando durante la visita que los nadaístas hicimos hace 48 años predicando nuestro oscuro evangelio, violentos de entre el público trataron de encasquetarme una corona de espinas fabricada con un herrumbroso alambre de púas. Y a contemplar el precioso Museo de Art Deco que le regaló a su ciudad Carlos Alberto González. Pasé a Cali a visitar mi infancia de pantalón corto. Por las calles el mismo sol calentando rostros alegres. Después de tantos años de letargo la ciudad recobra su diligencia. En la casa de papá y mamá siguen sus retratos presidiendo la sala, una foto mía con García Márquez chez Aura Lucía Mera durante nuestro hermoso noviazgo, un retrato de Amparo Grisales por Tessarolo, tres paisajes de nubes de San Andrés firmados por Kat y el cuadro de María de las Estrellas que le pintó Botero para la portada de su novela La Casa del Ladrón Desnudo. ¿Más para dónde?

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