De corazón a corazón

De corazón a corazón

Marzo 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Y en el Hotel Inter, donde el doctor Adolfo Vera Delgado realizó tantos Encuentros de Confraternidad Médica, esa delicia de festivales artísticos y por lo tanto amorosos, tuvo lugar el homenaje que le rindieron la ciudad y sus amigos de siempre, legión encabezada por Armando Barona Mesa, Juan José Saavedra, Gabriel Ruiz Arbeláez, Armando Holguín Sarria, Luis Alfredo Sánchez, Umberto Valverde. Hubo taquilla alegre, como decía Pardo Llada, que tanto hubiera gozado. Fue el festín de la buena mesa, los vinos raudos, y los discursos amables. Me correspondió cerrar el rito con las siguientes palabras, que además de sinceras quisieron ser juguetonas: Cuando lo conocí, querido galeno, en el cruce del bulevar de la vida con la calle de la escopeta de la cultura, usted proveniente de la ciudad de la eterna bostezadera y yo saliendo de la calle del cartucho de la cannabis, donde confundía ‘ética’ con ‘etílica’, acababa de leer un verso del poeta ruso Vladimir Maiacovski: “Conmigo la anatomía se ha vuelto loco, porque yo soy todo corazón”. Usted venía a encarnar ese verso fenómeno de esta linda revolución.Era usted un sabio del corazón, como Salomón, autor del poema más bello que se haya escrito a una mujer, rodeado de otras 999, entre esposas y concubinas. Poema más erótico que romántico, porque para que el corazón no se pare hay que mantener de pie otros órganos que propician la alegría de vivir. Quien ha sido un ángel de la amistad tiene que ser también un arcángel del amor, que para ser torrencial tiene que tener sus cumbres y sus abismos. Y casi siempre del abismo amoroso es de donde el artista y poeta sacan fuerzas y estímulo para hacer valedera su obra no necesariamente vindicativa.No hay comparación entre los versos doloridos que terminaron en el ajenjo, el suicidio y la blenorragia de los poetas malditos, que los del obsceno hombre doméstico picado de bardo cuyos bordados antológicos nos dan de leer algunas editoriales. Usted es un poeta de los de verdad, doctor Vera, tan profesional en ello como cardiólogo, por la sabiduría del corazón, como tituló Henry Miller un libro, como por su voluntad de tratar de sus males y quebrantos para que no se les conviertan en duelos, a los artistas que impresionan su alma, como igualmente a la humanidad doliente que si le paga. Y con seguridad que por sus palpitantes cantos sobre el papel, que sería bueno que los fuera mostrando.Mi corazón ha sido tocado por la bonhomía de su estetoscopio, que lo encontró con una pequeña ranura que seguramente es el producto de un amor roto que nada que suelda, y he tomado los correctivos también para otros males como mi reciente bronquitis, en forma de pastillas pasadas con whisky. Porque le debemos el crédito de que nos sacó de la apolillada creencia de que los antibióticos son incompatibles con el alcohol. Hipócrates también se equivoca. El fin justifica los médicos. Bueno es culapio pero no tanto. Y para que rime, bueno es culapio pero sin apio. Nos sacó además de la farsa de los laboratorios voraces, de que las drogas tienen fecha de vencimiento, sólo para que los pacientes meticulosos vayan purgando los guardados de sus botiquines. Todos tenemos que creer en algo. Yo creo que me voy a tomar un whisky, dijo Groucho Marx pontificando en un ágape. Yo creo que voy a hacer lo mismo, en reconocimiento y honor por su vida, su desempeño científico, el control de calidad de su alma, su tremendo activismo cultural para vacunar a la comunidad caleña de la ignorancia, y su devoción por los amigos, que como bien puede ver esta noche, unidos en un solo corazón, son toda la ciudad y yo diría que todo el país. Nunca tuvo tanto sentido la palabra ¡Salud!, doctor Vera.

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