Curado de espantos

Curado de espantos

Marzo 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Recuerdo que hace años, en un escrito de estos, tuve la debilidad de contar que había pasado un trago amargo al recibir un dictamen de laboratorio que me hizo pensar que padecía cáncer. Hice un sucinto recuento de mi penuria, repasé la película en pocas líneas, esbocé un conato de despedida mientras en la soledad de mi estudio me tomaba por primera vez una botella de Sello Azul, y en el último párrafo anuncié que un sobrino médico me había dicho por teléfono que no era para tanto, por ahora, que no jodiera. Mi señora, desde muy temprano, comenzó a recibir llamadas de las señoras de los amigos, para que les contara “aquí entre nos” la verdad esbozada. Ella explicó que, dada la pasión de su marido por la escandalera, adquirida desde muy joven, había hecho un tifón en un vaso de soda; que al encontrar por Internet la palabra ‘cáncer’ relacionada con el término ‘metaplasia’ en el resultado de unos análisis, se había echado a morir por anticipado; que había que verlo con el cortapapeles en ristre contemplando la biblioteca recién organizada, despidiendo con un beso cada libro que tuvo el honor de leer y pidiendo perdón a cada uno de los que no alcanzó a abrir; que luego se había dirigido a la alacena del bar para hacer, con los ojos aguados, el inventario ocular de los licores que desperdiciaba -casi todos los frascos por la mitad- y se había tomado el último trago de cada uno; que había llamado a Cali a su hermano el poeta místico para que lo recomendara ante el Gran Padre Celestial y que se había aplicado a escribir su epístola a los mortales para comunicarles la mala nueva, que publicó por todas partes. Pero que en este momento, tranquilizado por el comentario del joven galeno de la familia, dormía como un bendito.Al abrir el correo electrónico, en semejante guayabo de resurrección, se me vino encima una mano de mensajes arrolladores, por lo general generosos, vivándome por seguir existiendo, y reconociendo por fin las excelencias de un estilo literario que por poco no logro conducir a sus últimas consecuencias, como fuera la redacción de las penúltimas palabras. Pocos han percibido que provengo de Raymond Roussell, el de las polisemias vertiginosas de Locus solus, y no de Cimifú, como se ha echado a rodar en los mentideros.Respecto del concepto del iriólogo de que saliera corriendo en busca del gastroenterólogo, escribiome Citotecnóloga: “Cuando empecé a leer su artículo, mi gran preocupación no fue el resultado de su endoscopia sino la opinión del iriólogo. (Cambie de iriólogo)”. Y el dipsómano Morgan, apunta con muy buen tino: “Cuidado, maestro, con esos bajonazos de marca. Que si no me lo mata la gastritis me lo mata ese cambiazo. De Sello Azul a Vat 69 le puede dar a uno cualquier sirimba”. Una amiga divina, a quien no me he cansado de arrastrar el ala de fina pluma, le contó a otra amiga que mientras leía mi columna se le iban escapando las lágrimas, y que había alcanzado el paroxismo al entrar en mi lamentación por todos esos seres que se me quedarían sin amar. Que por poco le da un infarto. Pero que al llegar al último párrafo, donde anuncio que todo había sido una falsa alarma, se había repuesto furiosa, avergonzada por haber caído (“¡me la hizo!”), que ahora sí que menos aquello y que no quería volverme a ver. Es la vida. Ese día volé adonde el mejor gastroenterólogo de la ciudad, quien me recetó las últimas existencias en pastillas de los laboratorios Abbott, que desde entonces consumo con dosis generosas de penca sábila. Y antes de prohibirme el licor, me ordenó un análisis del hígado, que a todas luces salió nítido. De modo que, con permiso, voy por más hielo.

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