Cumplir lo soñado

Diciembre 24, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Uno no debería ver cumplirse sus sueños porque no tendría motivo para levantarse mañana. No hay nada peor que la misión cumplida, no importa lo bien o mal remunerada que sea. Encontrar el amor de la vida es perderse del placer de la búsqueda. Recibir la medalla colgar la lira. El que se jacte de haber acabado algo, es hombre acabado. Coronan los traficantes cuando logran colar una mercancía, los políticos cuando se hacen elegir presidentes y los monjes meditativos cuando reciben la iluminación repentina. Los demás, deberíamos hacer interminable el trabajo, algo así como lo que hizo Penélope con la tela inconclusa, tejer en el día y destejer en la noche, para que el tiempo no pase. No quiero decir con esto que extienda patente de corso a la burocracia oficial y tomadora de tinto, para quien nada corre prisa pues en lo único que piensa es en la jubilación. Si hay que trabajar 25 o 30 años no se justifica el afán. Si el señor está haciendo paciente fila, ya se verá cómo se le encuentra una falla para que tenga que venir otro día. Si ya el presunto delincuente está preso, la investigación se puede esperar. Si hay un error en la cuenta lo mejor es que pague primero y después reclame. Eso ya no es sabiduría; es negligencia criminal, que no se castiga. Igualmente uno no debería aprender a escribir bien del todo, ni a razonar sin pasión ni por conveniencias, para no perder ni malquistarse lectores. A medida que se ajustan y perfilan los términos hacia el mot juste –que era el propósito de esos grandes como Flaubert– y uno está metido en esta vaca loca de la comunicación de masas, se le comienzan a enredar los cables.El escritor de profesión, cuando además es escritor público, entra en su columna como el torero en la plaza. A espejear con las lentejuelas de su brillantez o talento. Cuando no es el portavoz de un partido o movimiento político, puede permitirse la independencia de cascar por parejo. Pero no solo debe enfrascarse en la crítica, que por lo general es irrelevante. El más feroz y ácido de nuestros comentaristas ha sido el ya legendario Antonio Caballero, y no ha tenido éxito en ninguna de sus denuncias. Después de cincuenta años de darle a la palabra tras la palabra repisando las huellas de los más duros y el discurrir trascendente de los más sabios, no llega uno a plantear reflexiones sensatas con apariencia de intrépidas acerca del acontecer desinteresado, sin suscitar las burlas de la platea, que expresa más o menos que “qué filósofo va a ser ese tipo a quien conocí en su juventud en el barrio Obrero comiendo empanadas al pie del teatro Belalcázar, echando ‘clavija’ en los billares, poniéndoles ‘conejo’ a las prostitutas y haciendo ‘voladora’ en los bares”.Algo parecido a lo que hacía Agustín de Hipona antes de entrar en el santoral. Tengo inscritas en mármol en la capilla de mi casa sus dos frases famosas. Una cuando vislumbró la misión que se le venía: “Dios mío, hazme casto, pero no hoy”. Y éstas que tal vez fueron sus últimas palabras escritas, después de La ciudad de Dios y Las confesiones: “Creo que todo lo que he escrito hasta ahora no ha sido más que mucha mierda”. Lo cita en Libros en mi vida Henry Miller y tengo por qué creerle. De modo, mis queridos lectores caleños, que no se hagan mala sangre con mis escritos. A pesar de que cada día me siento menos viejo que menos diablo, pienso que estoy pisando esa alfombra que está más allá del bien y del mal, consagrado a la continuación de la obra de mi maestro Agustín sin fumar bareta, y que si escribo en su periódico no es para dirigir su opinión sino para divertirlos con el manejo del Verbo, tal y como el señor Espíritu Santo me va indicando.

VER COMENTARIOS
Columnistas