Cuál paz, guerrero

Abril 15, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Los escritores públicos, y aún los privados de público, estamos casi obligados -ahora que el presidente puso a sus delegados y a la guerrilla a tratar de pactar la paz-, a ir sentando a la mesa nuestros principios. Esto, para no quedar como pazguatos incapaces de hablar de pazología. Los principios dejémoslos para el final, manifestó el jefe de una facción armada que terminó plegada a la paz y hoy busca recuperar la segunda carga política del país, que le fue arrebatada por la santa inquisición nacional. En la guerra nadie se luce, porque matar nunca es glorioso; brillan acaso quienes rescatan rehenes. Una guerra sin fin no le conviene ni a los guerreros. Le sacan partido los que la sostienen para lucrarse, los que sostienen que tal guerra era inexistente pues se trata tan sólo de unos golpes del bandidaje, y los que de ella medran con la quejumbre. La guerra es una cortina de humo, la peor, pues no deja ver nada claro. Ni siquiera contar los muertos.La paz podrá ser apacible pero no boba. Luego de tanto salvajismo, y ya con las cartas puestas, habrá que imponerla así sea a la brava. Esto es, con todaaa discreción, ¡firmes! Nuestra paz ya no será blanca, con la mancha tremenda que la antecede. Contentémonos con que resulte de un rosa pálido.Sin campos minados, los soldados podrán regresar completos a casa. Y los campesinos también. No los que ya perdieron las patas, sino los que todavía no.Que se acabe la guerra, pero no para seguir delinquiendo en paz. La paz no es el fin de la guerra; el fin de la paz debe ser el comienzo de la guerra a la corrupción. Lo cual sería otra manera de volverla a empezar. Habrá que ver cómo serán los titulares de primera página de periódicos y portadas de revistas. Aunque ya para qué, si hace rato desaparecieron, convertidas en fundas comerciales. Ahora las chivas son avisos de whisky Regal.Qué nadie quiere reclutar a reinsertados en sus empresas. Pues que ingresen a reforzar el Ejército y la Policía. Ya vienen entrenados en las disciplinas del combate y en la alta obediencia a los superiores. Estarán a salvo de que no les den chumbimba en la calle. Podrían ser muy útiles en la vigilancia de las fronteras, oleoductos y torres de energía, que bien los conocen. En velar por las comunidades indígenas. En mantener a raya a los que sabemos. O en crear empresas de vigilancia privada. Aunque con la plata en las arcas de las Farc, que recaudarían dos billones anuales, tendrían para una liquidación que les daría para vivir sin trabajar hasta nueva orden. Dice la sabiduría popular que el que la hace, la paga. En Colombia, donde nos pasamos de generosos, a los que la hacen, les pagan.Hay que dejar en claro que los escritores que estamos por las conversaciones de paz no es que estemos con la guerrilla y menos con el gobierno. Pero nos parece sensato que éste busque zanjar un conflicto que ya va para eterno pactando con el atroz enemigo. No me imagino ante el hipotético fracaso que promueven los saboteadores del proceso, viviendo un terrorismo desencadenado, con bombas en centros comerciales, aviones, y hasta el palacio de gobierno. Con todo el dinero del secuestro y el perico y el sofisticado armamento disponible es imposible que vuelvan a errar el tiro. Es hora de que toda esa gente vuelva a su casa, así sea por cárcel. Allí verán lo que es guerra enfrentados a su señora. Queremos la cesación del conflicto para sentarnos en paz a contar la guerra. Con pelos y señales, para evitar que se repita la historia. El pueblo colombiano ya vivió su doloroso heroísmo de aguante. Es hora de que en el campo cuando caiga el sol no caigan los guerrilleros o los paramilitares con las armas de repetición de sus crímenes. Que la gente pueda salir sin correr el riesgo de que la pesquen de noche.Imprescindible como hacer el amor, es hacer la paz. Y la paz, como el amor, no se hace sola. ¡Ponga su parte!

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