Cristo en el ascensor

Mayo 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Una lluviosa mañana de 1970 coincidimos en el Edificio Seguros Tequendama el profeta Gonzalo Arango y éste su discípulo. Él iba a solicitar un aviso para la revista Nadaísmo al presidente de Incolda y yo a desayunar con una amiga en el Club de Ejecutivos.Lo saludé con un beso en la mejilla, como lo hacía desde que descubrí que ya no se perfumaba con Vetívert sino con incienso puro y que venía preparando -a los 13 años de la fundación del movimiento más desalmado y roñoso de la historia del espíritu-, un libro con afanes mesiánicos que titularía ‘Providencia’.Antes de que uno de los ascensores abriera sus puertas, se situó entre nosotros un ser que no parecía de este mundo, no mayor de 17 años, con una cabellera cantarina que descendía sobre una túnica que le dejaba al descubierto sus tobillos translúcidos. Entramos en el recinto automático, subimos escuchando cómo se oxigenaba la sangre. Vi el rostro de Gonzalo transformado en estampa. El aire se llenó de corpúsculos luminosos. Se esparció un aroma de flor de los llanos de Sarón. La música ambiental fue sustituida por ecos de hosannas.Ingurgité con mi amiga el té con tostadas; Gonzalo reclamó el aviso para la revista; la fugaz pasajera, luego de un cruce con Simón, nos alcanzó y bajamos mirándonos las tres sonrisas congeladas. -¿Puedes decirnos tu nombre?, arriesgó Gonzalo. -Alejandra, Alejandra Silva. ANos extendió una mano. La tomamos. Supimos que era un cuerpo real.Teníamos cita con Jaime Jaramillo Escobar en la sede de la revista, en La Candelaria. Él era el gerente, retirado de la poesía mientras manejaba su agencia de publicidad, y mientras avanzábamos por la Carrera Séptima, nos miramos al borde del paroxismo. Entonces él me preguntó: -¿Qué sentiste en el ascensor? -Que estaba en presencia de Jesucristo, le respondí con exaltación. -¿Así que tú también lo sentiste? -Nos hemos encontrado con el Maestro en el ascensor. Testifiqué, cuando yo aún en Él no creía. Éramos un amasijo de luz mientras avanzábamos. Habíamos estado en plena teofanía. Y no habíamos tomado ningún bebedizo raro.Cuando llegamos donde el incrédulo poeta X-504, no pudimos abstenernos de contarle la experiencia. La convicción de cada uno corroboraba la del otro. Él nos escuchó sin manifestar desconcierto. Que Jesucristo se les había presentado a Gonzalo Arango y a Jotamario en un ascensor. Muy bonito. En vez de regañarnos por andar en connubios con la cannabis, llamó a quienes pensaba que podrían dar alguna explicación a nuestro sobrecogimiento de cariz esotérico. Al maestro Ruiz Linares y a Eduardo Mendoza Varela, expertos demonólogo y angelólogo. El dictamen fue sencillo, y el poeta no tuvo empacho en comunicarlo. “Con quien ustedes se encontraron no fue con Jesús sino con el demonio. Cristo nunca se presenta en forma de mujer. En cambio el demonio sí en forma de Cristo”. No les creímos. A partir de ese momento, Gonzalo era un convertido, despachó al Nadaísmo y abrazó a Cristo.En la Funeraria Gaviria volví a encontrar a la niña, frente al cadáver de Gonzalo. Le conté de nuestra experiencia de hacía 6 años, cuando ante ella sentimos el viento paráclito. Ella me dijo que había sentido lo mismo. Pero que el portador de la presencia divina era el profeta. Yo no lo había comprendido. Por algo su conversión no fue al cristianismo, sino al Cristo. Y por algo desde el principio los poetas nadaístas éramos 13. Me demoré 33 años más que el profeta para retornar al Maestro. Y ahora lo hago de la mano de otro apóstol limpio de culpas, Judas. El otro gran besador de mejillas. No se puede quejar el Padre. Par jotas.

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