Condones abajo (2)

Febrero 14, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Para nadie es un secreto que un condón oficial huele peor que lo que recubre cuando quedó mal lavado, huele a lo que es, huele a profiláctico. Para compensar esa agresión a un sentido tan exigente como el olfativo, tratan los laboratorios de impresionar la vista y el gusto con un dudoso sofistique de colores y de sabores. Pero los colores, así sean los de Calder sobre el tronco de los aviones, se pierden en el oscuro. Sólo servirían los tonos fosforescentes, para que no se extravíe el objeto sexual cuando se va la luz en el motel. Respecto de los sabores que les adosan a los condones de marca, refinados artistas, peluqueros, decoradores, azafatos, árbitros de fútbol y gourmets expertos en la materia me informan que no son de buen gusto y que para lo único que sirven es para hacer abrir más la boca en la arcada, no importa que sean de banana, de fresa chicle, de papaya o de chontaduro. Así como ciertos condones dan status, los lavables para usar 5 ó 6 veces que venden en el sex shop, otros llegan a delatar también altos índices de pobreza o tacañería, como ver un condón parchado o usado por el revés. Eduardo Escobar me contaba que había renunciado a una famosa marca de gomas ultrasensibles, y al preguntarle ingenuamente “¿se rompen?”, me reportó algo aun más alarmante, “se doblan”.Lo que más me ha impactado de la historia del condón no es que haya aparecido en las inscripciones prehistóricas de unas cuevas francesas y en papiros egipcios, ni que lo haya formulado en el Siglo XVI el médico italiano Fallopio (en cuyo honor tomó vida la expresión picarona “¿de quén shon tompas?”), hecho a mano y a la medida y rociado con esencias espermicidas, o que los japoneses lo fabricaran con caparazón de tortuga, sino que lo haya reinventado en Francia el divino Marqués de Sade, envolviendo su pene en una tira de tocino para sodomizar gallinas vivas. Habiendo tantas moscas muertas. En caso de retornar a su uso, y en honor del mártir francés que quisieron convertir en verdugo, me iría por los condones que no cumplen con sus funciones sanitarias, sino que vienen con fundas de castigo, con aspas de zeppelín o como tiburón con aletas, granulados como mazorcas, electrizados como anguilas, peludos como chigüiros, con sustancias urticantes de pringamoza para producir la irritación del delirio a través del placer bizarro. Estampados con íconos del cine, del rock y hasta de la iglesia. Los que traen impresa una regla para que la persona receptora sepa con exactitud cuántos centímetros va a ingerir, lo que multiplicado por cada embate implica varios kilómetros por jornada. O los que se consiguen en el mercado negro -porque lo que entra por la nariz y la boca tiene efecto por donde más quepa-, impregnados con su licor o alcaloide preferido, con whisky escocés, vodka ruso, ginebra inglesa, tequila mexicano, con clorhidrato de cocaína, efedrina, heroína, mescalina, vaselina y psilocibina. Condones artesanales hechos en greda e impresos con mi famoso verso galante: “El amor es eterno mientras dura dura”. El de Jaime Jaramillo Escobar “¡Ay, mi cuchillo!”. Y el de Eduardo Escobar: “Porque tengo un aguijón para todo lo que amo”. Con esta misma idea, que no tuve la curia de patentar por andar tirando, ahora se ha llenado de millones la empresa norteamericana Graphic Armor, al imprimir en el látex lemas y logos publicitarios para el grupo musical Kiss ‘Kiss me first’ y para la reelección del presidente Obama: ‘Intentemos de nuevo’. No será el miedo al sida lo que me obligue a bajar la bandera de la eyaculación, enfundándome en un artefacto que, dada la aceleración que me gasto con mis parejas en virtud del efecto portentoso del sildenafil de 100 mg, va a poner a toda el área de los moteles a apestar a caucho quemado.

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