Con sumo respeto

Con sumo respeto

Junio 11, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Comencé rebelándome contra el establecimiento y contra su sociedad de consumo, y terminé por convencerme de que esa rebelión era parte del consumismo del mismo establecimiento. Lo vine a refrendar con la lectura del libro Rebelarse vende. Pero con qué sinceridad por esos 60 asumí la técnica del distanciamiento propuesta en el teatro por Bertolt Brecht. Como mis compañeros los ángeles me alejé del jabón, del desodorante, de los talcos para los pies, de las cremas dentales, de los peluqueros, del cortaúñas. Éramos monstruos marinos, que a duras penas hacíamos nuestras abluciones con las quebradas del Parque Nacional o el río La Miel -territorio de hongos alucinantes-, refregándonos con el limo arenoso de sus orillas. Ni veíamos televisión ni tomábamos coca cola ni usábamos paraguas ni nos poníamos condones. Y no lo hacíamos por carencia de recursos, porque en nuestras toldas militaba una horda de niños y niñas en escape de sus mansiones burguesas a probar el amor y la libertad en esa insurrección que fue el jipismo. Todos los estratos sociales, razas y nacionalidades se fundieron en un solo sentido de adoración fumando cannabis. Hicimos la revolución que no hizo la izquierda. Nos quedábamos dormidos en San Agustín y amanecíamos en San Francisco. El amor alfombraba nuestros pasos por el recto sendero. Con la paz hacíamos sombreros que vendíamos al turista. Escuchábamos a Los muertos agradecidos.No pudimos ser más sinceros. Buscábamos a Dios en el camino, no en el catecismo. Algunos lo encontramos, y si no lo asumimos fue pensando que no era la hora de dársela por ganada a la deidad. Había que seguir combatiendo desde las entrañas del monstruo. Recién repuesto del efecto lisérgico hube de prestar el servicio militar de la literatura, e ingresé en la publicidad. Sancho me acogió y, aunque viniera del reino de la fantasía, no fue menos alucinante la permanencia creativa por 16 años en esa casa. Disfruté del placer de recrear el mundo a mis anchas, de ofrecer al consumidor que pudiera comprarlos productos que satisfacían sus deseos. Allí me di el lujo de posar de genio, grado del intelecto que nunca me fue acreditado en literatura. Me llené de cuentas bancarias y tarjetas de crédito. Casi que me forzaron a adquirir casa, carro y esposa, y que a la tardía paternidad me apuntase. Hoy etiqueto mis tesoros como Salomé y Salvador.Por eso no tolero a quienes critican la publicidad como uno de los males de la civilización en declive. Ni siquiera en aquellos tiempos, cuando los camaradas no se permitían pasar por el guargüero un buen whisky para para no enriquecer el imperio, ni gozaban del rock de bandas desenfrenadas, ni calzaban sobre sus nalgas los bolsillos desteñidos de un Levis. Y nos vituperaban por estar incitando al pueblo a un consumismo bastardo, en un país donde lo que había era cosas para comprar y compradores con ganas. La publicidad le da pedal a los sueños, y más cuando estos pueden hacerse tangibles a crédito. Entre los pudientes son preferibles los compradores compulsivos a los tacaños de solemnidad. La mejor manera de mostrar el desprecio por el dinero es comprando. El mito del ahorro se fue al carajo desde que plata que se guarda en lugar de engordar con los intereses va perdiendo valor en caja. El jipismo fue una generación que acabó con la náusea existencialista, la voracidad del capitalismo y la quejumbre del comunismo. Pero tuvo la mala suerte de acabarse cuando a los jipis se les fue acabando la ropa. ¡Qué falla! Definitivamente, es todavía mejor ser rico que jipy, como hubiera pontificado en plena traba Kid Pambelé.

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