Con Peggy Pegotes

Con Peggy Pegotes

Febrero 27, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Una vez hube terminado mi recital de poesía nadaísta en el consulado, en Miami, quiso mi amigo Rafael Vega-Jácome que lo acompañara a dar una vuelta por Coconut Grove, y parar en un sitio donde, podía jurarlo, vendían las hamburguesas más apetitosas de los Estados Unidos. Quería además que conociera, conociéndome, a la reina de las hamburguesas.

Lo acompañé porque estaba en su patio y porque, donde fueres, haz lo que vieres. Debo ante todo dejar sentado que, en cualquier país de Europa, no me como una hamburguesa ni a palos. Y no es porque me sobre dinero, ni padezca resentimientos comunistoides, sino porque me parece que estoy haciéndome el gringo en el viejo mundo, por más que la hamburguesa -como su nombre lo indica, procedente de Hamburgo-, fuera el inmigrante alemán con más suerte en USA, por cuanto desde su llegada a la Feria Mundial de San Luis, hace 122 años, devino a convertirse en la típica comida del invasor por el mundo, acompañada de la Coca-cola -inventada por Pemberton- que cumplió los 100 hace 21.

Claro que el bolo alimenticio de carne apelotonada había llegado a Alemania en el siglo XIV, a través de los tártaros de origen ruso que la invadieron,  y que llevaron la carne de barato ganado asiático picada en tiras para hacerla más comestible, el famoso steak tártaro, que se comía crudo hasta que comenzaron a asarlo. Fue un genio, Fletch Davis, de Texas, quien tuvo la idea de incorporarla entre dos tajadas de pan tostado, añadirle unas rodajas de cebolla fresca, y dedicarse a engordar la economía norteamericana, y de paso a sus habitantes, necesitados de una comida rápida, económica y práctica, posible de consumir sobre sus escritorios o mesas de trabajo. La Coca-Cola, por su parte llegó a convertirse en el summum de la democracia, cuando quedó establecido que “un pobre bebe cerveza, un rico bebe champaña, pero con seguridad que los dos beben Coca-Cola.”

El amigo Rafael me dejó sentado en el sitio donde despachaban las rivales de McDonalds, y me dijo que fuera comiendo mientras él iba a buscar a Luis Zalamea, que quería saludarme. Yo había reparado en una gorda rojiza que daba vueltas en el fogón a las masas carnívoras, a las que miraba con los ojos aún más ardientes. Como no había champán solicité una cerveza. Y a los pocos minutos allí tenía a la bastante a mi lado, colocándome la hamburguesa enfrente. 

“Perdón, señora, pero yo no he pedido algo que no puedo comer.” “¿Por qué, señor?” “Mi religión me lo prohíbe”, atine a decirle. “¿O no sabe usted que trece religiones del mundo son ofendidas por la existencia de la hamburguesa, la hinduista, la taoísta, la judaísta, los hare-krishnas, los budistas, los shiks, los monjes rusos y los griegos ortodoxos, los adventistas del séptimo día, los zoroastristas, los mormones, los musulmanes, los católicos romanos los viernes santos, los rastafarios, los jainitas, casi todos por repudio a la carne de cerdo y a las carnes en general? Puede que el nadaísmo no sea todavía una religión, pero yo también me siento ofendido por este preparado para salir del paso.”

“Pues usted se va a comer mi hamburguesa, mi querido señor nadaísta caleño, como que me llamo Peggy Pegotes, y como que nadie me ha dejado nunca con el bocado servido. Y si no quiere no me la pague, que con las que vendo tengo suficiente para tirar para el techo. Yo también soy colombiana y desde que llegué a este sitio soy una reina. Ya sé que viene usted a derrumbar los símbolos de este país al que su masticación ni falta que le hace. Mire cómo respira la carne, hágame el favor y me mira el pan, mire estos pepinillos picados, y estas cebollitas asadas, ¿quiere que le ponga más salsa?”.

Huelga decir que cuando llegaron Rafael y Luis Zalamea, me encontraron en plena orgía con Peggy Pegotes, entregado a la fabulosa carne de su hamburguesa.

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