Cinturones de castidad

Cinturones de castidad

Mayo 07, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como en Colombia no pasa nada, y de lo que pasa es mejor no hablar, sigamos refiriéndonos al comportamiento sexual masculino, que es el que marca las demás conductas: las de la búsqueda del poder y la riqueza, considerados hasta ahora -descartando el chontadur- los dos más poderosos afrodisíacos. Hasta las conductas religiosa y moral tienen que ver con el conducto sexual, así sea para castigarlo o sofisticarlo, por la abstención o el cilicio, cuando no por la desviación. Hace unos meses leí un curioso informe sobre los infieles -valga el eufemismo, referido a los que aún gustan de las conquistas galantes- remontándose a esas irrepetibles épocas de las cruzadas, cuando los caballeros echaban el candado a los genitales de sus señoronas desdoncelladas, y se marchaban precisamente a luchar contra los perros infieles y a rescatar el santo prepucio.Según los anales del feminismo, no hubo nada más horrendo que ese cinturón de castidad, que era, a más de denigrante del cuerpo y del espíritu de la dama palaciega, incómodo, antiestético y antihigiénico. Ellos, en cambio, se arrogaban el derecho de poseer, utilizando sus llaves maestras o incautadas, a las damas de los caballeros caídos en los combates.No era lo mismo -y puede que no lo sea aún- la libertad sexual del caballero que la de la dama. El caballero nació para la conquista y el avasallamiento. La dama, para que no dejase penetrar la muralla. Si las damas aprovechaban la marcha bélica de sus esforzados caballeros, era posible que al regreso de la contienda el señor feudal encontrara críos que no eran producto de sus huevos sino de los del vecino, con la consecuente desviación de su hacienda y patrimonio, sin contabilizar el honor. Eso les sucedió a tantos soldados que marcharon a la Segunda Guerra Mundial por haber entrado al olvido el tan famoso como eficiente adminículo.No estoy de acuerdo, pues, con el cinturón de castidad en el cuarto de san Alejo. Ya ni en los mercados de las pulgas se encuentra uno. Podría sofisticársele, hacérselo cómodo, vibrátil, sugestivo, de marca, de calidad, perfumado, con clave, engastado en piedras preciosas, avalado por casas como Dior o Versace. Estoy seguro de que muchas mujeres públicas y privadas lo lucirían encantadas, lo que podría generarles generosas prebendas de parte de rijosos y pudientes adoradores. En vez de ello inventaron el undoso condón, el condón fluorescente, el condón con espuelas, los cucos con condón, el churrusco, la T, el diu y el norplán.Siempre, desde la Biblia hasta las tribus africanas actuales, se ha buscado castigar la denostada infidelidad femenina, dejando pasar la del hombre como atributo del ser. Féminas en busca de la revancha predican ahora que su infidelidad es un aporte a la estabilidad del hogar. Que los preservativos han acabado con la justificación rebuscada del caballeresco cinturón de marras. Pero todavía existen perfectas casadas que se niegan a dejarse pinchar por tales anzuelos. Mujeres de una sola pieza y de un solo falo. En ellas está cifrada la resistencia contra la pretendida globalización erótica.Si no fuera por los hombres infieles no habría tantas mujeres felices, y hasta esposas. Porque es vox populi que no hay mujeres más leales y orgullosas que las de los extrovertidos. Y en esa fidelidad les va la felicidad. Un día su picaflor se dará cuenta de que no hay presa mejor que la que ha tenido siempre en su cama. Y como tarde es mejor que nunca, prometerá regenerarse para disfrutar de sus últimos tiros, ya que las esposas son tan buenas para comer cuento. A la mía ya le eché el propio, en la tarjeta con un gran ramo de mimosas y trinitarias: “Por ti, seré monógamo de mil amores”. Veamos hasta dónde me lleva esta luna de fiel.

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