Carne de diablo

Carne de diablo

Agosto 21, 2017 - 11:45 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Me cuidé en mi primera juventud de no contraer matrimonio, como hizo la mayoría de mis amigos anarquistas, agnósticos y misógamos, por la sola razón de que las relaciones por ese tiempo eran más que efímeras, y la revancha de las mujeres con los maridos abiertos era no dejarles volver a ver a sus hijos, y menos si no sufragaban sus manutenciones.
Lo primero que le dijeron mi mamá y mis hermanas a la chica que embaracé cuando se las llevé a presentarla –ya cercano de mis cincuenta-, fue que cuidadito con escamotearnos a Salomé si ocurría una -¡Dios no lo quiera!- indeseada e indeseable separación. No me sentí capaz de sugerir el aborto a semejante culicagada cuya matriz inauguraba, y en vez de pedir su mano di el brazo a torcer, pero sólo el brazo. Han pasado 28 años, ya pagamos la casa y nació el varón.

Creo que ya nadie me quitará ni lo bailado ni lo parido, pero veo unos casos de los que me he librado, que me hacen echarme la bendición, a mí que tan cerca he pasado de esas sectas satánicas que proliferan. Con seguridad que estoy más del lado del señor Jesucristo que de don Sata, pues los seguidores de éste último, a juzgar por antañones sucesos, me producen arcadas.

Suelen -cuando se separan las mujeres ardidas- conseguirse los suplentes más raros, los más antípodas del abominado titular, para que éste sienta más duro el mordisco. Esto le sucedió, según en su momento informó la prensa, al supuesto Juan Zuluaga, un albañil de Medellín, quien se allegó a una casa de Justicia y Paz con el siguiente cuento, posteriormente confirmado por la señora:

Se habían casado hace 16 y ella le había dado tres hijos, a esa fecha de 5 y 12 años las niñas y 10 el niño. Separados dos años atrás, ella venía teniendo relaciones con un adepto del infierno, y al quedarse sin trabajo de empleada doméstica, éste la esperó en un taxi, la condujo a la fuerza a una finca adonde después le llevó –también secuestrados- a dos de los niños, y allí, con otros jóvenes, celebraban ritos en honor del Maligno. Un día desenterraron un cadáver y en presencia de los niños rezaron torvas oraciones alrededor de ese cuerpo. Lo único grato era que los alimentaban con carnita cocida, que sabía a marrano. Un día uno de los jóvenes sacerdotisos de La Misión -que así se llama la secta- les preguntó que cómo sentían el condumio y ellos le contestaron, ingenuamente, que bueno. Pues ahora viene lo mejor, les dijo, les condujo a la olla, alzó la tapa, y vieron horrorizados cómo extraía de ella por los pelos una cabeza humeante. Ese día iban a culminar con el “plato fuerte”.

De alguna forma la señora logró llamar a su hermana, ésta avisó a la policía y aquesta -siguiendo rastros telefónicos- rescató a la familia, capturó a los sectarios, mas no al misterioso padrastro.

Esto pasó hace 12 años. La pregunta actual es, ¿fue verdad? ¿O será que la empuercada señora quiso enlodar al postrer amante, con un cuento chino de espantos para lograr el perdón del heroico titular? No quedó constancia de que hubiera alegado que, como éste no le pasaba billuyo para el bitute, eso la condujo, así fuera a la fuerza, a deglutir con sus polluelos carne de ser humano muerto con los adobos del infierno.

Que además de que se le engullan a la mujer, ésta conduzca a la familia del pobre diablo a papear carne humana en la caldera del satánico seductor, no tiene perdón de Dios, con perdón de las feministas. Esto lo leí un día de la madre, y la madre que casi me vomito sobre el periódico y sobre la epístola de San Pablo.

A partir de la fecha, mi mujer, mis hijos y yo nos hemos convertido en vegetarianos. Botamos toda la carne de diablo que teníamos en la despensa. Nos están llegando prospectos. Y hemos cancelado relaciones con algunos adeptos de Samael Aún-Peor.

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