Caníbales.org

Enero 31, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

A quién no le ha provocado comerse físicamente lo que más quiere. De allí que el verbo alimenticio se haya convertido en un eufemismo para designar el acto carnal. Podéis comer de cualquier fruto del jardín menos del fruto de este árbol, dijo el Señor señalando a Eva. Y fue lo primero que se comieron. Los habitantes del mundo se debaten en la disyuntiva de comer o ser comidos, no importa el sexo. Se sabe que el pez grande se come al chico, pero no siempre. La comida del lobo a Caperucita se sigue prestando a equívocos. Encuentro entre mis apuntes este caso que sucedió hace 8 años. En el país de los hornos crematorios, donde no escasea la comida, un curioso gourmet tuvo la idea de solicitar a través de internet presas humanas para su consumo. El aviso decía: “Ven a mí y me comeré tu carne deliciosa”. Y allá fue a dar un parroquiano con ganas de ser comido. Cuando supo que el anunciante no se andaba con maricadas, sino que iba a terminar en el microondas, se sintió todavía más realizado. De todas maneras había pensado en suicidarse, era bisexual frustrado por ambos frentes, y le propuso al insólito comensal que lo dejara participar del banquete donde él iba a ser el plato. “Espero que me encuentres sabroso”, le dijo en una declaración que significa la máxima entrega. Sin pensarlo dos veces, el hoy célebre ‘caníbal de Rotemburgo’ cercenó con el cuchillo de cocina el pene del voluntario –no sabemos si antes hizo otro uso de él–, lo puso a freír en la sartén y lo sirvió para ser consumido a la manera del salchichón o el perro caliente, con mayonesa.¿Hasta dónde habrá llegado a participar el sacrificado de ésta su última cena? Tal vez hasta saborear sus glúteos asados, masticar sus orejas tostadas, degustar su propia lengua al vino, antes de que el gentil carnicero se decidiera a ultimarlo con cuchillos de distintas formas y tamaños, mientras seguían brindando con más vino y tomando pepas. Para que en caso de que se descubriera el festín macabro no fuera a malinterpretarse, el hambriento victimario grabó toda la sesión culinaria con su cámara de video, donde quedó consignado que el hombre plato no sólo aceptaba sino que deseaba la muerte, lo que convertiría este asesinato en un piadoso caso de eutanasia. Y como en ninguna parte del mundo el canibalismo es delito, pues parece que el monstruo va para afuera, donde se le quedaron sin comer 245 personas que respondieron el anuncio. Más el joven batracio con apetitosas ancas de rana que descubrió el aviso a la policía.Diariamente encuentro por internet -y en la prensa– similares reclamos: “Hombre dispuesto al sacrificio de dejarse comer, necesito” o “Cómeme, soy tuyo”, y los había dejado pasar desapercibidos. Tal vez por la connotación homoerótica de la que ya nadie se espanta. Pero me provoca hacerles el seguimiento. ¿Se imaginan el reportaje que podría conseguirse con un sofisticado personaje que por correspondencia y a la carta se lo quiera papear a uno? ¿Quien además pone la cámara?Pero si hay aberrados sexuales –como este cuarentón alemán– que practican el garrote para sus satisfacciones extremas, en otro continente hay otro personaje que vive placeres tanto más plenos, utilizando tan sólo la zanahoria. Es Hugh Heffner, el fundador de Playboy, y quien a sus 77 años vive hiperactivamente con siete conejitas, una para cada día de la semana, en una lujosa mansión a prueba de voyeristas. A todas se las come, en el buen sentido de la palabra, sin necesidad de condón porque no las presta y todas han pasado la prueba del sida.Si no es delito la antropofagia y tampoco tan insolente poligamia -ya no entre las tribus del África sino en Alemania y en Estados Unidos-, quiere decir que los extremistas sexuales mandan la parada. Y que en vez de amarse, como ordena la Biblia, lo que hay que hacer ahora es comerse los unos a los otros. En todos los sentidos de la palabra.

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