Can-can

Can-can

Junio 16, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En un sueño cualquier cosa puede le puede pasar -me dije en silencio en el sueño-, dado que estaba dormido, no cabía duda, pues sentía el cuerpo desnudo debajo del edredón de plumas de vampiresa. Dormido y todo estaba despierto en el sueño, y en la oscuridad del mismo estiré la mano a mi izquierda a ver si encontraba la pierna de mi compañera. No encontré una sino dos, pero como eran dos piernas derechas no tenían bisagra que las uniera.Podemos bailar para ti, me dijeron con no sé qué boca, desde debajo de la cobija. Pues procedan, atiné a responder, con una cuerda de voz que me rodeó la garganta. Debo dejar de ingerir más surrealismo onírico antes de que la luz se me apague, apunté en el libro de visitantes. Las dos piernas derechas incluida la ingle de cada una, con media negra de rombos hasta el ecuador del muslo y liguero, se empeñaron en un can-can que se encendió en la Tv. donde fueron a dar las libertinas extremidades para aprovechar la luz de los focos. La una tenía una zapatilla mostaza de tacón puntilla y la otra una mediabota italiana con el emblema facho de la segunda guerra mundial. Cada una danzaba por su lado, a cual más desacompasada. Pero la culpa era de la banda sonora, que por un bafle emitía elGalop infernal de Offenbach y por otro La viuda alegre de Franz Lehár. Mientras la de la zapatilla mostaza hacía la patada alta la otra ejecutaba el rod de jambe moviendo la pantorrilla con la rodilla levantada; mientras la de la mediabota mussolinesca se empeñaba en el pont d’armes girando en tanto se verticalizaba con el tobillo la otra aplicaba el grand écart, en medio de gritos, chiflidos y trinos de la platea.Buscaban excitarme, tal como yo se los reclamaba por señas, con ese ritmo escandaloso que bailaban en el cabaret Bal Tabian de París sin ropa interior en los años 20, las afamadas coristas La Goulue y Jane Avril, dueñas -ahora me venía a dar cuenta- de cada una de esas portentosas piernas derechas que reemplazaban a mi esposa volatilizada en la soñarrera. Mi rompecabezas era que dos piernas derechas fueran imposibles de armar para ser interesadas en lo amoroso, por lo menos de la manera tradicional como recomiendan la iglesia y el Kamasutra.Abandonaron la pantalla que se apagó con los últimos acordes de Orfeo en los infiernos, y cada pierna tomó asiento en cada uno de mis muslos -que depilé mientras cancaneaban-, trasladado a la silla reclinomática. Siempre quise andar a tu lado, me dijo la de La Goulue, para indicarte el camino. Y yo para desviarte, afirmó la de Jane Avril, porque sólo los que se desvían encuentran el atajo que ha de hacerles llegar antes de los que toman el recto sendero.Al escuchar la referencia de Lao-Tse puse cada mano en cada rodilla, cerré los ojos, y emprendí una meditación que me llevó de nuevo al Tibet, único lugar que he visitado donde no hice el amor porque no hubo chico. Digo chico, no chino. Quiero decir porque no hubo dónde, con quién, ni cómo.Y oí la voz del maestro perfecto que me dijo que las piernas que tenía sobre las mías eran las de la comodidad y el capricho, los peores enemigos del hombre camino de ese nirvana que ya tenía de un cachito. Entonces, en un gesto que no se compadece con mis costumbres, me sacudí de las piernas del entusiasmo gritándoles retírense satanases, por lo que la emprendieron a patadas en mi trasero, siguiendo los mismos pasos de baile que acababan de regalarme, y cubriéndome de equimosis, hematomas y cardenales.Al amanecer, cuando mi mujer retornó del trabajo, me cuestionó por esas vergonzosas señales, y yo, sin saber si continuaba dormido o ya estaba de vuelta en el reino de los mortales, ignoro si le contesté que eran los estigmas del Cristo en que me había convertido, o si eran las heridas del alma que se me iba.La pesadilla se reinició en el sofá.

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