Cambio de estilo

Julio 24, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Con el permiso de esos insufribles lectores que tanto gozan cuando me va mal y tanto sufren cuando me repongo, continúo con las páginas de mi diario de hombre de mundo, alejado del mundo mas no tanto de sus placeres. Según las nuevas reglas del consabido protocolo, ahora se impone ser galantes. Ante todo quienes marcamos la pauta como atarvanes, tan bien vistos entonces por las mujeres. Ya ven ustedes como todos hemos cambiado. No faltará el igualado que diga que empeoramos. Pero muchos salen ganando con la experiencia donosa del camaján del barrio Obrero y estudiante de Santa Librada, que ya no tira piedras sino hacia dentro. Esa galantería de nuevo cuño ya no consiste en abrir la puerta del coche, ni en enviar rosas rosadas, ni en esperar con paciencia hasta que se termine de acomodar los labios, ni en invitar a comer babosas de mar, cangrejos de río y testículos de gallo en aceite de arroz con abundante paprika, humedecidos los carmines con los sacramentales tres dry martinis para que se le aflojen las piernas, sino, una vez en el exclusivo sitio final, en el punto de convergencia de las ganas y los deseos, en proporcionarle que llegue primero al estremecimiento supremo dos o tres veces antes de irle a hacer compañía.Día tras día todos los días los seres humanos dormimos y despertamos, pero ya casi nadie cree que eso es un milagro. Mas yo os digo que el milagro mayor está en las sábanas, cuando la adormecida pareja se ínter penetra en busca de una salida del mundo y del propio cuerpo, y la encuentra en ese éxtasis que anhelan los iniciados y que en ellos se manifiesta en orgasmos cósmicos, vislumbre donde vibran todas las fibras y terminaciones nerviosas del universo, vaso comunicante con las delicias del paraíso mahometano, iluminación parpadeante, aleluyas del kundalini, anticipo de la Presencia.Pasado de almanaques pero con el cuerpo tan derecho como me lo exigen los otros cuerpos, tomé la libertad de pactar las paces con lo humano y con lo divino. Todo de acuerdo con las líneas de mi destino, que me permiten transitar por mansos incendios y apagones devoradores. En lo único que no he logrado superarme es en el estilo, en el literario, pero tal y como lo llevo me satisface. Todo iba bien; mientras con una mano escribía con la otra acariciaba una pierna, y cuando alcanzaba el clímax con el poema había llegado el éxtasis con el dedo. Hasta que en un descuido el capturado fui yo por el último amor, que algo debe tener de ángel pues entró en mi habitación pasando los muros, a echarme la soga al cuello y a zafarme de la tentación de la carne -esa condenación de Lilith, la primera mujer de Adán, que sólo se permitía copular estando ella encima-, sumiéndome en una monogamia sin esperanzas. Debía aprender, según las señas que me viene haciendo desde nuestro lecho de pétalos, mientras yo me derrito recordando a mis necias vírgenes, que el amor también se puede hacer con el pensamiento. Bendito.El caso es que perdí mis opciones al invicto carnal, al súmmum erótico, que aparte del emperador otomano que se solazaba en harenes varios, supe que alcanzaron, entre mis conocidos, el actor Charlie Chaplin, el pintor Pablo Picasso y el escritor Georges Simenon, todos geniales en su género, para no violar la reserva de los sumarios de Woody Allen y Roman Polansky, por tratarse de violaciones menores. Tampoco menciono a Miller ni a Bukowsky, para no fastidiar a las feministas. Ni a Diego Rivera, Vinicius de Moraes ni Bioy Casares, adelantados en el tema, a quienes saqué franca ventaja.

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