Cada tema con su loco

Cada tema con su loco

Mayo 24, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Sabiendo como sé, que dispongo de ingenio y estilo para rellenar páginas con destino a mis lectores de prensa, no acabo por definir si debo continuar hundiendo el dedo en las llagas con comentarios ulcerantes acerca de lo que pasa o hacerme el pendejo con la realidad atosigante de cada día y buscar temas amenos que distraigan de la penuria. Puedo hacer ambas cosas sin que me tiemble la mano y me pagan lo mismo por cualquier tema. Igual me da fungir de panfletario que de fabulista entretenedor. Pero un amigo que es jurado del premio de periodismo me dice que me defina, o voy a ser un escritor comprometido, como pedía Sartre el siglo pasado, y a cantar la tabla se dijo, o voy a ser un distractor, prácticamente un recreacionista, que es en lo que nos vamos convirtiendo los escritores. Si no tomo partido por uno de los dos lances, que ni sueñe con la presea. Pienso que me va mejor con lo último. En los periódicos sospecho que prefieren que, en vez de referirme a temas bélicos y políticos, lo haga a asuntos cotidianos del peatón, livianos y divertidos, para desintoxicar al lector del agobio de la violencia. Cómo cambian los tiempos y cómo nos cambia la guerra. El intelectual escapista, por los años 60, el que escribía de temas imponderables, era por lo menos un entregado.Por eso he terminado hablando como una lora de los problemas propios de quienes no tienen ningún problema. Esto es en los periódicos donde durante tantos años me han permitido hacer tantas bromas, porque cuando asisto a cualquier región de Colombia a hablar de lo que escribo no me perdonan que le saque el jopo a la realidad inmediata tan cuajada de corrupción y de escándalos. Pero también se espera que esas denuncias que haga las revista con humor negro. Debe ser para que no duelan tanto. Pues del bonche no queda sino el bochinche, y tal por cual ojo negro. Para algo se hizo la sorna, que es el humor que se burla, y la ironía, que es el humor que se devuelve, y la sátira, que es el humor que abochorna con agudeza, y el cinismo, que es el humor sin vergüenza y desparpajado. Mi papá me compraba los libros de Henry Miller y Bruno Schultz, a pesar de que podrían representar una perniciosa influencia, porque los padres de estos autores también eran sastres. Y cuando Gonzalo Arango escribió, al ver que me había volcado hacia la literatura: “Colombia ha perdido un sastre pero ha ganado un poeta”, papá me confeccionó un traje de paño de tres botones para los recitales en Bogotá. Lo que no le recibí fue el lacito negro, para no quedar como Arturo Arcángel. El viejo vislumbraba que algún día podría trasmutar las palabras en oro, si me aplicaba. Y si al principio fue difícil con los poemas, muy pronto comencé a hacerlo con la publicidad, donde un eslogan de tres palabras me daba para vivir, beber y comer como Álvaro Mutis. Y cuando corté con la propaganda me dediqué a cambiar por oro -por lo menos por plata- mis palabras en periódicos y revistas. Lo importante, también con las palabras, era no perder el hilo y saber coserlas. Y no dar puntada sin dedal, sobre todo.No me heredaron mis hijos el sentido del humor, que yo consideraba genético, pues cuando los convoco para leerles mis columnas antes de despacharlas salen pitados a alquilar una película en el Blackbuster. Y ni siquiera de Chaplin ni del Gordo y el Flaco. Ni de Elvis ni de Marilyn Monroe. Sino de Marilyn Manson. Me explican compasivos que ellos no pertenecen al reino de la palabra sino al de la música y la imagen. Pero si eso son mis frases, les digo, puras imágenes y melodía. Cómo no, papi, cómo no. Por mi padre que por lo menos en este tiro se van a quedar sin mesada.

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