Cachifo, 10 años

Marzo 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando hoy hace diez años sufrió el derrame cerebral del que salió, de la Clínica de Zipaquirá, cojeando y con un brazo ligeramente encogido, rumbo a su casa de Cogua, vereda Rodamontal, donde su hija Laura, que vive en París, había hecho construir para él y su esposa Graciela una casita de campo, me mandó a decir con mi esposa y su hermano el poeta médico -que lo habían rescatado del sitio de salud donde estaba retenido por $70.000-, que escribiera una columna sobre su novedad sugiriendo que había salido de ella felizmente muerto. Y que invitara al entierro. Así podría comprobar, desde el coro, cuántos amigos de verdad le quedaban para seguirlos pechando, así como con casi todos había sido antes un mecenas munificente, cuando le sonreían todos los dientes, con su pinta de actor de cine. Por algo había heredado y aplicaba la inyección “Lince” contra la artritis, que a tantos había puesto a caminar derecho.Se le suponía el novelista que conmovería al país. Sus amigos, amparados en su apartamento como sibaritas y a quienes daba comida y cobijo, y nos mandaba a lavar la ropa en la lavandería del Tequendama, fuimos testigos de sus jornadas frenéticas escribiendo Alguien muere al grito de la garza. Una novela de ambiente nacional tratada con la estructura y el espeso lirismo de las obras de la generación francesa en boga, comandada por Robbe-Grillet y Michel Butor. Con Los días más felices del año había ganado el segundo premio en el concurso de novela de la Editorial Tercer Mundo, dirigida por Belisario. Con El amor en grupo, publicada por Carlos Lohé, había conocido la indiferencia en el exterior. Hace unos años me entregó copia de la que consideraba la corona de su obra, El Señor de la Montaña, que mandé digitar y guardé en el disco duro. Allí saca a relucir su aventura gnóstica, en un canto tan sólo interrumpido por un subtítulo ‘Capítulo 7’, en una obra que no tiene más capítulos, ni sexto ni octavo. Así era él. Dominaba el arte de la novela desconectada. Confiaba en esa novela, podría ser la que prendiera. Me decía: “Hablate con Belisario”. Tal vez buscando su posible publicación en Santillana. “No hermano, ya he presentado tres novelas en Alfaguara, la de Pablus Gallinazo, la de Elmo Valencia y la de Armando Romero, y las han devuelto”. “Hay que romper esa conspiración contra el nadaísmo –clamaba-, hablate con Belisario”. Todos me piden que hable con Belisario, para pedirle favores. Ya lo debo tener cansado.Le imprimí una copia pulcra de El Señor de la Montaña, adosé una botella de aguardiente, un caja de cigarrillos, un plato chino, y me fui con mujer y el médico poeta Babel Jarales a buscar al viejo en su casa de la montaña. La puerta de la chacra estaba cerrada pero a través de la cerca podía verse abierta la puerta de la casa. Gritamos, tiramos piedras. Como nadie contestaba nos metimos por un matorral. Entré llamándolo, y lo sorprendí reposando en su cama, mientras escuchaba el Réquiem de Mozart en la emisora de Bernardo Hoyos. Cachifo, le dije palmeándole la mejilla. Una mejilla dura y fría. Tenía la mandíbula desencajada. “Uy juepúchica, está muerto”, le dije al médico, temblando. Él le tomó el pulso, consultó su reloj, y dijo que efectivamente a las 5 p.m. del 6 de julio de 2003, los 72 años del viejo habían terminado. A su lado, sobre un asiento, su pasaporte sin usar, la Constitución de Colombia, la Ley de derechos de autor, una Biblia, las Baladas de Mario Rivero, un folleto sobre artritis y una tabla de logaritmos. Localizamos a Graciela y a su hijo Ricardo. Lo enterramos. Menos mal no escribí la columna con su muerte ficticia.

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