C’est la vie

C’est la vie

Agosto 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hoy es el último día de mi vida pasada. No pensé que fuera a dar para tanto mi constitución de Rionegro. En esa ciudad de Antioquia dedicada a San Nicolás había hecho acto de existencia mi padre, de genes procedentes de Irún, municipio vasco, de donde se desparramaron por el mundo los Arbelais, y tras sucesivas encarnaciones en la profesión sartorial ésta debería ser la definitiva, pues pensaba que ya era suficiente con vestir la criatura que, ubicada por el Creador dentro o fuera del paraíso, se le había presentado desnuda a la luz del sol.En San Nicolás emergí como un volador de pólvora de las entrañas de mi jovísima madre, pólvora que terminó mojada en un regocijo de lágrimas ante la desventurada solemnidad de unos pobres diablos recibiendo dos copas de plata marcadas por los padrinos con el apócope que años después utilizaría para firmar los poemas. Esas mucosidades familiares devendrían en amigdalitis, y luego de la operación recetada en una carraspera de radio viejo que desde pubescente me hacía sonar como el Dúo Dinámico cantando Resistiré, en las babas del amor por las bellas de sexos indiferentes, que antes que mirarme a los ojos preferían mirarse en el techo de pundonorosos moteles, en la sangre del primer puñetazo del condiscípulo acólito que quitándose el sobrepelliz me reventara las ñatas porque manifesté que Dios no existía, ni la Virgen, en el sudor por la búsqueda de un toque relumbrante en la jugarreta poética, y en la meada cobarde cuando de empuñar el fusil se llegó el momento.Y eso que don Jesús Arbeláez, reclutado para la Obra por los Maestros Cortantes de la Mesa de Sastrería, había leído y subrayado un párrafo de Los grandes iniciados, de Edouard Schuré, en la estancia de Krishna, que anotó para eterna memoria en la portadilla del libro de medidas de los clientes que llevaría en adelante, y recitó a mi madre cuando se aprestaba a darle el beso fundamental: “Ofreceremos un sacrificio a Kali, la Diosa del Deseo y de la Muerte, y ella nos dará un hijo que será el dueño del mundo”.Pero ni siquiera fui capaz de graduarme de bachiller, y ese trago amargo para mis padres, que logré conjurar a penas con un poemilla vindicante, debí ingerirlo con orgullo como fracaso prometedor que me llevaría a ingresar años después en la Universidad Javeriana como catedrático en artes de la palabra, valorando mis circunloquios, para protestas públicas del filósofo boyaco Rafael Gutiérrez Girardot contra los jesuitas por dejar ingresar al claustro con honores a un nadaísta y contra mí porque siendo ateo contemporizaba con la compañía de Loyola; y en la Gobernación de Cundinamarca con mis punteras de charol como doctor en Cultura -el sueldo homologado con los doctores de la Iglesia precisamente por enseñar en la Javeriana, de entre cuyas discípulas terminé bailando con la rubia y con la morena, luego de haber sentado reales en el arte publicitario que consiste en hacer posible que la gente vea más allá de lo imprescindible y compre más allá de lo necesario, razón suficiente para que la Universidad Santiago de Cali me extendiera el doctorado honoris causa, lo que me hizo reventar el escalafón, de haber garabateado un grafito expiatorio en la íngrima casa de duendes de Kafka en la Calle de los Alquimistas, en Praga, por donde se paseaba el Golem, de haber visto una representación de La cantante calva en el Téâtre de la Huchette, de París, sentado en el asiento de atrás del joven Juan Manuel Santos, quien para sus proyectos futuros también querría conocer el absurdo ionesquiano, porque del racional del existencialista Camus estábamos hasta la tetas, y paseado con mi bastón a la sombra de los Borgia en las cuevas del Vaticano. Ni me debes ni yo te debo, luego, vida, estamos en paz.

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