Bon nuit, tristesse

Agosto 17, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Todos nos tenemos que morir. Inclusive nosotros mismos y los que queremos. A lo que nos resistimos es a que mueran aquellos de quienes nos declaramos idólatras. Íd olos por quienes nuestro vivir adquiere un mejor sentido. Quisiéramos perpetuarlos con el deseo, el más potente y milagroso de nuestros dones. Cuando muere una persona que uno ama se va con ella la parte de uno que le perteneció, parte que a veces es más grande que el todo. He sufrido tanto por las desapariciones de mis amores que ya ni ser tengo. Me han dado en la cabeza las desapariciones de mis poetas amigos. Y estoy pendiente -para impedirlo- del viaje al occidente, como en José y sus hermanos llama Thomas Mann a la calva, de cada uno de los escritores que amo. Y preciso. Hace casi seis años, mientras iba rellenando mi biblioteca en el nuevo estudio de la colina, esa habitación con vista sobre la sabana ensoberbecida de luces, me llamó mi impenitente amigo Alfredo Rey, de París, para darme la infausta de que pasó a engrosar Pere Lachaise la jovencita que me sacudió los testículos literarios cuando, a sus 19 años, publicó ante mis ojos atentos al deslumbramiento la novela Bon jour tristesse, en 1954, Francoise Sagan.Leí en mi adolescencia rampante esa novela escabrosa, jubilosa y feroz, que escandalizó de tal manera no sólo al tout Paris sino a la propia casa de la precoz escritora, al extremo de que el padre al ojear los originales le pidió horrorizado que para preservar el honor de la familia se consiguiera un apellido postizo, lo que hizo que adoptara el Sagan -tomado de un personaje de Proust-, en reemplazo del Quoirez que seguramente no le hubiera reportado ningún éxito.Narraban los cuatro millones de ejemplares vendidos en el mundo de esta novela, el despertar erótico de una adolescente millonaria que, sin ningún prejuicio a la vista, hacía el amor por placer sin quedar embarazada en ningún capítulo, en ese tono melancólico y sulfuroso propio de la inmediata posguerra, que después adoptaría la nouvelle vague para sus películas. Se confundía a la heroína Cecile con la autora, tan joven como adicta a la cocaína y otras sustancias que se te meten en el cuerpo a inflamarte el alma. Callejera de Saint Germain, con su cabello a la garcon y sus escotes bandeja, amiga de los existencialistas en boga y de Juliette Greco en las cavas, la de las medias negras y la voz deprofundis spiritual y melancólica, amante de los casinos rapaces y de los autos veloces, en uno de los cuales se estampilló como Camus pero sin percance perpetuo, publicó más de 30 títulos, todos arrastrados por el éxito del primero, que la llenaron de dinero hasta que la tesorería le pasó la cuenta. Fue en tal forma la estrella de nuestra generación que quienes no le podíamos imitar el estilo le copiábamos el peinado. Tal como nosotros, los jóvenes anticristos con bluyines americanos, declaraba que siempre había amado tentar al diablo. Este objeto de la curiosidad sexual cuenta que cuando apareció su novela, el ultraconsagrado novelista Francois Mauriac se refirió a ella como esa “charmant petite monstre” (encantadora pequeña monstruo). Ante este encantador terminacho, concluye, “ya estaba hecha”.Murió de una embolia pulmonar, por los cuatro millones de tabacos que se tragó. Ella misma había redactado, en 1988, para el Diccionario de letras francesas contemporáneas, la siguiente recensión: “F.S. Hace su aparición en 1954 con una pequeña novela, Bon jour tristesse, que produce un escándalo mundial. Su desaparición, tras una vida y una obra por igual alegres y borrascosas, no fue un escándalo más que para ella misma”. Adieu, tristesse. No creas. A mí también me escandaliza tu muerte. Como todas las muertes.

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