Ataúdes espaciales

Junio 19, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como todos pertenecemos, unos más unos menos según las ínfulas, a la irrisoria fauna humana, y como es de todos sabido que nos tenemos que morir –si es que antes no nos han matado–, ahora nos llega la multioferta de que nuestros restos mortales vayan a la tierra, al fuego, al mar o... al espacio, como lo oyen.

Lo que nos hace superiores a los otros irracionales, es que podemos escoger a dónde ir a parar (es un decir) después de desencarnar. Ni digo al infierno ni al cielo ni al purgatorio, que son tres aposentos del mismo libro. Sino al lugar sin límites donde el muerto con la eternidad se hacen uno. Entre estos entes superiores, hablo de quienes tienen recursos, o familiares recursivos para costear el capricho. Si no es así, qué superioridad iban a tener. Antes se llevaba al finado al cementerio católico –si no se había suicidado– y se le sepultaba hondo en la tierra, o se incrustaba el ataúd en un muro, o se depositaba en un mausoleo. Para algunos este descanso se contrataba a perpetuidad, para otros sólo por unos años, al cabo de los cuales había que ir a recoger los restos y contratar un osario, o convertirlos en cenizas y meterlos a un cenizario, o simplemente echarlos a la basura para redondear el destino.
Una variante de este método fue la que hizo inmortal el gran Mozart, en Viena, en el barranco de Viznar García Lorca, y aquí en Colombia los paracos, y es la fosa común. Pero no nos pongamos más fúnebres de lo que íbamos, evitemos que se crea que estamos desviándonos a la política y echémosle tierra al asunto. Luego se impuso la cremación, embeleco en apariencia más civilizado, higiénico y económico que el entierro, del que se ahorraban amén de las lápidas y los lacrimógenos epitafios, las visitas y las flores dominicales. Quedaba la opción de depositar las cenizas en un jarrón y ponerlo de adorno mañé o estorbo por ahí en casa, echarlas al mar, o mezclarlas con la tierra en una matera. Tal hizo el Monje Loco con las de su hijo, el Gigoló de los dioses. Cuando estuvieron asimiladas como abono y enfloreció la mata de marihuana, invitó a todos sus amigos a fumársela, en póstumo homenaje al pequeño poeta desintegrado.

A medida que el planeta se desmorona la sociedad de consumo se sofistica. Ahora hay nuevas oportunidades para pasar a mejor vida en mejores sitios. El más chic es el que ofrece una funeraria especializada en gemología, que compacta el último polvo que resta de la criatura en una piedra preciosa, diamante por ejemplo, que podrá lucir en su dedo la feliz deuda.

El tema resaltó al plano noticioso porque la Funeraria Betancur, de unos sepultureros antioqueños más que vivos, ofrecía el servicio ‘Cenizas al espacio’. Uno o varios gramos de harina del viajero se meten en una pequeña cápsula, se almacenan hasta donde quepan en cohetes Baikonur, esos misiles rusos fabricados para cargar ojivas nucleares y que el deshielo dejó inutilizables, y ¡arriba! Pueden subir y permanecer en la estratosfera, volver a caer sobre los océanos o selenizar en el mar de la tranquilidad. Los paisas tienen la franquicia. El servicio lo ofrece la firma espacial Celestis, que ya ha completado diez viajes.

Comencemos por librarnos de nosotros mismos. Es preferible contaminar con nuestra carroña el espacio sideral, donde no vive nadie. Siempre dije que estaba desafiliado del mundo. Si el mundo ahora quiere salir de mí, me ofrezco como voluntario en canje publicitario. Al fin y al cabo ya una vez estuve en la luna, en viaje astral, por supuesto, un famoso 20 de julio.

Dos visionarios mayores ya tienen tumba sidérea, el creador de Star Trek (Viaje a las estrellas), Gene Roddenberry, y el mítico psicólogo Timothy Leary, inventor del LSD, ácido lisérgico dietilamida, interpretado por los Beatles como “Lucy en el cielo con diamantes”. Me imagino el ‘viaje’ tan hijuemáquina.

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