Asesinar al asesino

Asesinar al asesino

Septiembre 28, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Desde mis primeros pasos de adolescente, cuando Vladimir Nabokov pergeñó Lolita y Hugo Heffner lanzó Playboy con Marilyn Monroe desnuda sobre un edredón rojo en la tapa, me encuentro “haciéndole a la palabra”, buscando convertirla en instrumento de seducción y en arma de legítima defensa. Sin proponérmelo siento que he merecido tantos besos como versos he publicado. Y sin que haya sido mi interés tomar el poder para nada, no fueron pocos los mandobles por no dejar títeres sin cabecilla, en una lucha contra lo establecido que ha sido más legítima por no haber pretendido reemplazarlo. El nacional infortunio radica en que ningún gobierno quiso o pudo sacar adelante la reforma agraria, o de manera sui generis la hicieran los latifundistas que fueron desplazando a los campesinos de sus parcelas con el asesinato o las amenazas, para colaborar a su vez con la reforma urbana, a través de barrios de invasión, cinturones de miseria y economía del semáforo en las ciudades. Por cantar esas tablas he sorteado amenazas mortales tras el biombo blindado del verbo público que, para que no se perciba tan ofensivo, he barnizado con una capa de humor negro, que ha terminado por hacer soltar los trapos de la risa a los mismos verdugos desenmascarados.Los poetas nadaístas dejamos de hacer poesía nadaísta para convertirnos en poetas sociales, porque se nos hizo imposible continuar ad eternum con una poesía despojada de significados. Y para que fuera social sin dejar de ser poesía, asumimos formas prosaicas como la nota periodística, a la que ponemos sentido fustigante y disociador, sin olvidar el vuelo picaflor por entre los jardines colgantes de nuestras babilonias mentales. Por un poema redimí mi bachillerato y por otro merecí el doctorado honoris causa en la Santiago de Cali. Un libro de poemas me llevó a Macedonia a encontrarme con los mejores poetas del mundo en pantaloneta. Por un poema Artemio Franco mandó a restaurar los techos desplomados de mi casa de las agujas. Por un premio robusto de poesía llegué a la publicidad a seguir recibiendo el mismo premio todos los meses hasta merecer la pensión de jubilación en lo que me reste de vida. Por un poema Pacho Santos me llevó a El Tiempo. Por dos poemas que le leí a mi mujer al oído tengo dos hijos. Y con poemas edifiqué mi casa y tanqueo mi Mercedes. Por ser poeta me piden que plantee y defienda causas perdidas. Por la poesía fui a Islanegra a saludar a Nicanor Parra. Y la poesía, que es contradictoria como la realidad, no me ha brindado sinsabores sino cuando me ha colmado de honores. Para un poeta es anatema defender a un político en el ejercicio del poder, porque donde radica el problema es en el poder, que tiende a sojuzgar a los sometidos. Cuando un poeta defiende a un mandatario se desacreditan por igual mandatario y poeta. Cuando un poeta grita Viva la poesía responde abajo. Sólo el espíritu ácrata puede circular descontaminado por entre las nubes de smog y de glifosato. Olvidarán los vivos, pero los asesinados no olvidan. Henry Miller soñaba con “asesinar al asesino”, como la santa misión del poeta. Pero este asesinato no era con armas blancas, ni de fuego, ni con picanas eléctricas ni motosierras. Era aplicando en la frente de los genocidas la señal de Caín, para que ni siquiera con su arrepentimiento ni con el perdón de la ley tuvieran paz en la tierra que ensangrentaron. Malditos hasta que la muerte los conduzca a esa eternidad tenebrosa ganada con las infamias que cometieron. Mientras se espera que algún día reverdezca el olivo.

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